Maldita roedora

  “No pienses de más”, solía decirme un “ex algo” al que vi hace poco, citando al cantautor Drexler. Hoy le respondería que parece imposible dejar de pensar en medio de esta sociedad patriarcal, y le daría testimonio de lo vivido por una mujer en menos de una hora: 
  Salgo a tomar el colectivo, camino por calle Maipú, y pasan dos tipos en una moto. No son hombres, son tipos. Me dicen “diosa”. Respiro profundo, pensando “¿Cuándo mierda va a ser el día que salga a la calle y ningún tipo me diga nada?”. Sigo caminando unas cuadras y pasa otro tipo en moto, me tira un beso. Respiro profundo otra vez, tragándome las ganas de gritarle todos los insultos que quedarán atorados en mi garganta, porque pasó como un relámpago. Ni siquiera tengo el lujo del tiempo para reaccionar.
  Subo al colectivo. Mientras descubro el recorrido nuevo, pienso que es bonito camino para el verano pero que en invierno será un peligro para muchas personas tener que esperar el cole en ciertas zonas campestres, sin alumbrado público, ni tránsito de gente y que ojalá lo modifiquen para ese entonces. Bajo del colectivo en el centro y me doy cuenta de que debo pasar por una obra en construcción. Se activa mi alarma mental automática: “Alerta, albañiles, acoso callejero”. 
  Respiro profundo de nuevo y me cuestiono lo de cada día: “Una vez más, en un día más de tu vida, lo de siempre ¿Cómo lo vas a manejar, Laura, desde el miedo o desde la libertad?”. Me relajo e intento evitar que la energía que traigo se convierta en miedo porque el miedo me vulnerabiliza, ya que el inconsciente de los tipos lo percibe, les da poder sobre mí y lo ejercen. He comprobado que cuando logro desactivar la alarma mental contra ellos y paso tranquila, nada incómodo sucede. Funcionan al estilo de los perros en la calle, si vibrás miedo, te atacan. Me consta que muchas no tenían miedo e igualmente fueron violadas y asesinadas. 
  Pero en este momento necesito confiar en algo, y me auto-convenzo de que mi teoría a veces funciona porque lo peor es vivir con miedo. Paso y los miro a los ojos, pero cuidando que la mirada sea equilibrada. Ni demasiado imponente ni demasiado frágil, más bien neutral, para que no les genere nada. Funciona. Uno deja de hacer lo que hace para dejarme pasar y me dice: “Pase, señora”. 
Me alivia que me haya colocado en un lugar de respeto ficticio, de mujer casada con un señor que merece que su cónyuge sea reconocida como su propiedad intocable. Aunque sea un lugar de respeto entre machos, asiento con la cabeza y agradezco, mediocremente conforme, conscientemente humillada. Tristemente sometida a tener que considerar que eso fue mucho para una mujer que cada día fracasa montones de veces intentando conseguir que no se la quieran coger porque sí, porque tiene concha y porque esa concha parece no tener dueño. 
  Porque para todos los hijos de yuta pasear por la calle tu concha sin dueño es portación ilegal de vagina, y para ellos, a veces, cuando están de malas, eso se castiga desgarrándotela, rompiéndotela, rasgándotela, ultrajándotela, destrozándotela. Cuando están de buenas y les da fiaca manifestarte toda la fuerza que supone su virilidad, zafás de eso y te acosan. O zafás por asumirte inferior, mostrando una mirada neutral, perfecta, como la que una señora debe tener con los hombres que no son su marido. 
  Así que tengo que agradecer pasar por una obra con mi concha libre de dueño e ilesa, tratada como señora a modo de justificación de un respeto que ni siquiera va dirigido a mí. Mi conciencia sabe que eso fue un: ”Aunque estoy de buen humor, tu concha libre molesta, asi que para que no olvides que tengo poder sobre vos, te voy a hacer sentir que no te acoso solamente porque te considero propiedad de algún otro colega machista, y eso es lo único que te mantiene a salvo de mí y de todos los demás tipos”. Siento la inmunda tranquilidad de zafar por complacer, y no por ser. Respiro profundo.
  Camino una cuadra más y veo a un tipo que también activa mi alarma, ya que varias veces lo he visto tener actitudes abusivas frente a otras personas. Muchos dicen que está loco, que tiene algún problema de índole psiquiátrica, y qué sé yo. No me consta, sí me alarma. Si bajo la guardia, puedo llegar a ser la chica de las noticias, que cada día aparece muerta en algún cuerpo distinto y con un nombre distinto, en manos del macho de siempre: este sistema. 
  Alguna vez he estado cerca de este “loco”, y he zafado retirándome a tiempo de la forma más natural lograda, adivinando e improvisando la manera de disimular mi existencia en su mundo. Casi como una espía infiltrada temiendo ser descubierta. Eso me harta, hace mucho, siempre. Necesito relajar… Decido relajar, bajo la guardia esta vez al menos. Recién zafé y puede que ahora también, quizá no sea necesario cruzar de vereda todo el condenado tiempo. No quiero terminar paranoica, me digo. Todo va estar bien, me insisto. Voy corriéndome apenas hacia la derecha como para no pasar tan cerca y listo. No hay nadie más en la calle, tengo espacio y viene de frente, asi que es una maniobra natural. 
  Camino decidida, noto que el tipo comienza a correrse hacia el mismo lado que yo y no sé con qué palabras explicar lo que siento. Odio el mundo durante estos segundos y mientras lo hago, el tipo pasa a mi lado murmurando cosas que no alcanzo a entender y me toca el brazo, como si fuera a agarrarme, pero al segundo me suelta. Todo sin detenerse ni titubear. Hizo lo que quiso, y yo no. Me doy vuelta y le grito: “¡¿Qué te pasa, tarado?!”. No alcanzo a generarle nada, si ni siquiera tengo la fuerza suficiente hoy. Me siento tan cansada que no puedo ni actuar la furia que necesito para quitarle el poder que me robó. Me siento frustrada, agobiada, estresada… Mi grito no existe para él, ni para la mujer que pasa en bicicleta, justo. Ella y él me ignoran y siguen su camino. 
  Me quedo parada comprendiendo que no existo cuando quiero. Tomando conciencia de que las mujeres habitamos un mundo en el que se nos ha robado la libertad de existir a piacere. Servimos o morimos. Morimos de dos formas, invisibilizadas mientras no servimos o asesinadas cuando nos resistimos a servir. Pero, claro, en manos del macho, porque ni la libertad de participar en alguna decisión sobre nuestra propia muerte hemos de merecer. Incluso luego de violadas y asesinadas, somos invisibilizadas. 
  Cuando decidimos existir a nuestro antojo, nos repudian. Si nos unimos, si escrachamos, si marchamos o denunciamos, si rompemos algo del mundo que nos rompe, porque ahí es cuando existimos para nosotras y no para ellos. Y si no funciona la condena, comienzan a decirnos cómo es la manera correcta de existir. Porque, bueno, nos aflojan la soga pero sólo un poco. Si seguimos necesitando su aprobación, seguimos bajo su control. Y si su aprobación no nos seduce, buscan a sus aliados. Y de repente, hay una millonada de tipos haciendo campaña anti-feminismo. 
  Y de atrás, aparecen otras mujeres que también viven anhelando existir en este mundo. Mujeres que aún necesitan de su aprobación y que para conservarla intentan convencer al resto de obedecer al patrón. Lo sé porque vengo de ahí, y me fui tras darme cuenta de que seguía sirviendo al patrón.
  La mujer de la bicicleta tampoco existe, y por eso no me ve. Somos entes, ambas. Quizá debí gritarle a ella en vez de al loco, para que sepa que no estamos existiendo ¿Qué habría sucedido? No lo sé. Nunca lo sabré. Pero me gusta pensar que habría alterado un pixel de este mundo. Igual necesito dejar de pensar un rato. Basta. 
  El contexto parece propicio para relajarme, sigo caminando dispuesta a disfrutar, a pesar de. Me doy cuenta de que casi comienzo a morder mis uñas otra vez. Llevo tres meses sin hacerlo, y tengo 34 años. Llevo mis manos a la boca y antes de reincidir, me digo: “No, Laura. Ya no es necesario, ya dejaste de hacerlo. Ya no vas a roer tus uñas como tus pensamientos a tu mente”. Me repito una y otra vez, mientras camino: “Ya no voy roer mis uñas como mis pensamientos a mi mente. Tengo que dejar de morder mis uñas y tengo que dejar de morder mi mente. Tengo que dejar de roer mi mente. Fuera pensamientos, fuera roedores” ¡Mierda! ¡¿Cómo dejo de roer mi mente, de taladrarme la cabeza, de ver, de pensar, de darme cuentas, de entender, de comprender, de deducir, de concluir, en un mundo en el que necesito permanecer en estado de alerta para sobrevivir?! ¡Si me siento como una gacela entre los leones todo el tiempo!
  Entro a usar el cajero automático. Es la siesta y hay tres máquinas. En una, hay un hombre, nadie más alrededor. Me pregunto si debo estar alerta o no, porque ya no sé cuándo es lo mejor paranoiquearme y cuándo no. Realmente me siento confundida al respecto. Quizá deba estarlo siempre, pero no quiero eso ¡Quiero vivir en paz, loco! Quiero una existencia voluntaria y pacífica ¡Eso quiero! Y se me vienen a la mente todes les pelotudes que creen que las feministas realmente tenemos ganas de vivir haciendo quilombo. Pero basta de pensar. 
  Meto la tarjeta al cajero y el hombre me habla: - Señorita ¿me puede ayudar?-. Instantáneamente pienso que es un buen tipo, como tiendo a pensar siempre. Otra parte de mí me recuerda que últimamente cuando pienso que un tipo es un buen tipo, resulta ser una real cagada. Gana el primer pensamiento. -Sí, dígame- respondo. Me explica el problema con la transacción, improvisamos y lo logramos. Problema resuelto. Me siento feliz, muy feliz. Pensé que era un buen tipo y no me arrepiento. A veces lo son, me consta eso, y por eso tiendo a pensar eso primero. Sé que hay muchos, pero identificarlos es cada vez más complejo.
  Sigo caminando, la calle está pelada y pienso que acabo de salir con plata del cajero y que debo estar atenta. Soy una mina sola saliendo de un cajero en plena siesta, una gacela a campo abierto. Pero deseo relajar, en verdad. Único plan, relajar. Alerta en pausa. Freno antes de cruzar la calle porque viene una camioneta. El chofer me guiña el ojo cuando pasa. No existe la pausa. Parece que no hay pausa posible. Si el macho no aparece, vivo con miedo a que aparezca. Si suelto el miedo, aparece. Y así vivo, en un mundo en el que no consigo dejar de roer mi mente con mis pensamientos. Intentando no recaer en mi hábito de roer mis uñas. Intentando alcanzar la felicidad de ser quien quiero ser, cuando yo quiero ser, lo que implica relajar la mente y disfrutar. Una utopía en el patriarcado. Un intento constante. 
  En el camino, atravieso la playa de la estación de servicio y ahí está, otra vez, el guiñador de ojos de la camioneta. Paso curiosa de saber qué va a hacer en esa situación. Nada, está expuesto a mi reacción y se hace el boludo. Le veo la cara, puedo ver su patente, puedo sacarle una foto o escracharlo frente a todos en un lugar al que va con frecuencia a caretear que es un hombre. Puedo hacerlo todavía, pero estoy muy agotada para desplegar tanta energía. Ya me sentía así al bajar del colectivo. Paso junto a un machisto más, un tipo que se siente inferior a la mujer y que en vez de asumirlo, lo disfraza de superioridad. 
  Doblo a la esquina y llego a la casa de mi hermano. Entro y me siento a salvo ¡Al fin! Crucé el campo minado y sigo viva, aunque quieran hacerme sentir que no. Tomo asiento, saco el celular y me dispongo a procastinar para desinflar mi cabeza. Leo un título en Facebook: “Un matrimonio prostituía a su hija de quince años a cambio de no pagar el alquiler”. No tenemos descanso, me digo una vez más.
  ¿Cómo transmuto estos roedores de mi cabeza? ¿Cómo sobrevivo a tanta actividad mental? ¿Cómo sobrellevo esta existencia de alerta constante? Escribo, convierto estos roedores en letras que son palabras e ideas en las que manifiesto mi existencia cuando yo quiero y como yo quiero, aunque al salir a la calle no siempre pueda hacerlo. Escribir me ayuda a vaciar. Desde que no muerdo mis uñas, escribo más. Cada pensamiento gestado, busca salir. Sé parirlos y abortarlos también. Y algunos partos son realmente dolorosos. Ojalá todas mis hermanas descubran su manera de existir, de manifestarse y de resistir. Resistir al miedo, a los intentos de dominio, al riesgo de perder la esperanza, a la posibilidad de olvidar la utopía.
  Que no piense de más, es fácil decirlo. Es fácil ser básico, pasar por encima de todas las cosas sin demasiado interés cuando sos el rey de la selva y todo está configurado para tu satisfacción. Es fácil vivir tranquilo convenciendo a tu compañera de que no salga a acompañar a esas locas que ya se están zarpando con sus reclamos, que están exagerando, que no es la forma, que son violentas, que siempre tienen conflictos con todo, pobres. Es fácil sugerirle que se relaje y goze que ahora está con vos, porque vos sos suficiente para ella. Es afortunada, entre tantas que están en conflicto con el mundo, ella te tiene a vos, que sos el mejor partido porque no acosás a las mujeres y, con suerte, trabajás. 
  Sos un tesoro, una especie de machisto evolucionado. Estás pensando en vos, todo el tiempo, no en ella. No estás amándola. No estás diciéndole que sí va por ahí la cosa, que debe pelear por un mundo de igualdad en el que ella sea la co-creadora de la realidad para que cuando no estés, si no estás, ella se sienta segura de ser quien es cuando quiera y como quiera, todo el tiempo. No estás diciéndole que debería asistir tranquila a la marcha del día, que vos te ocupás de sus pendientes. No estás incitándola a que descubra y se queje de cada actitud machista en el camino. No estás acompañándola en su despertar porque no la querés libre, la querés relajada y dependiente de vos. La querés sirviendo a tus propósitos, no a los suyos. No mientas, no te hagas el feminista. No seas careta. 
  Es fácil ser el tipo que se te canta y decirle a una mujer que no sea histérica, enroscada, miedosa, malpensada y que deje de buscarle siempre la quinta pata al gato, como si no la tuviera. Como si el mundo no fuera una amenaza para su integridad todo el tiempo. Lo que no es fácil es ser una mina relajada en un mundo que no te deja relajarte porque distraerte implica, muchas veces, un pene adentro de tu cuerpo. Uno sólo con mucha suerte, porque te puede tocar que te violen entre varios. Y eso, como una de las posibles últimas instancias (la última es la muerte), porque desde la primera tenemos un pene en nuestra cabeza, violando nuestra libertad. El pene es el ícono que aparece en nuestra pantalla al activarse la alarma de alerta. Vivimos funcionando como radares de penes, en vez de como seres humanas. 

  Tu vida es fácil, machisto. Pero yo soy una roedora maldita. Soy una mina pensante, hartante. Cuestiono todo y vos mismo me condenaste a hacerlo. Pienso mucho. Pienso demasiado, sí. Jodete. No me digas cómo ser, me lo paso por el orto.

#feminista #mechupaunlabio #machirulo #patriarcado #machismo #feminismo #niunamenos #miracomonosponemos #sevaacaer #abajoelpatriarcado #mujer



Relatos de Epifanía: (4) El sentido de la vida


  -Estoy verdaderamente agotada de simular que no estoy loca- pensó Epifanía. Otra vez despertó en aquel mundo tridimensional que había elegido conocer, pero repudiándolo. Ese mundo donde no conseguía encontrarse con alguien que entendiera de qué cosas ella quería hablar. Ese mundo en el que nada tenía sentido, en el que todos los discursos eran mentira. Ese mundo irreal, aburrido. Ese mundo en el que hasta escribir a veces le era un límite intolerable. Ese mundo lento en el que no podía moverse sin tener que llevar su peso a todas partes, todo el tiempo. 
  Desde el año dos mil ocho, la época en que realizó el primer viaje de salida consciente de su cuerpo físico, nada le había sido más difícil que ser feliz. Ser feliz significaba una sola cosa a partir de entonces: sentirse libre de esa caja de carne y huesos que la encerraba hacía años. Y la infelicidad era volver a encarnar luego de conocer la eterna libertad. Lloró casi una hora tras su regreso al traje humano, aquella primera vez. Lloró igual que un bebé cuando conoce el mundo fuera del vientre de su madre. Lloró como si hubiese vuelto a nacer, con deseos desesperados de volver al lugar del que provenía. Nadie a su alrededor entendió por qué, y aunque lo explicó lo mejor que pudo, las veces que pudo, nadie quiso entenderlo. Aquel evento quedó en la nebulosa para toda la familia humana de Epífanía. Pero para ella, el volumen de la vida cambió para siempre.
  Sus viajes continuaron durante las noches, a veces durante el día, de forma voluntaria y dialéctica. Propiciarlos implicó años largos de esmeros: abandonar el consumo de carne, renunciar al hábito del cigarro, aprender variedades de caminos, atravesar los límites del amor y del dolor, des-identificarse de todo lo existente, transformar detalles interminables del mundo terrenal a pesar de la lentitud del tiempo. Ya había presentido y acompañado muertes, antes, durante y después de tales transformaciones. Y practicaba la magia amorosamente, ayudando al proceso único en distintos planos dimensionales. Sabía de qué se trataban el nacimiento y la muerte, le resultaba irremediablemente fácil caer en el aburrimiento insoportable de inventarle sentidos a la existencia. 
  Había creído, descubierto y configurado ya tantos sentidos para las personas que acudían a ella regularmente buscando acompañamiento espiritual, que no podía evitar terminar de cerrar el círculo a cada tanto. El círculo de la serpiente que mordía su propia cola. El círculo en el que todo se reducía a nada, en el que toda búsqueda era finalmente inútil. El circulo en el que dios era quien lo buscaba, y en el que todo volvía a comenzar una y otra vez, una y otra vez… eternamente, hiciera lo que hiciera, eligiera lo que eligiera, fuera lo que fuera. 
  Su frecuente pesadilla de despertar en el mundo donde se duerme, otra vez. Allí donde no quería seguir a veces. No importaba su ferviente deseo de volver a dormir y a creer en un sentido para todo lo que observaba. No había respuestas ni preguntas, porque toda cuestión carecía de fundamento. Nada había que decir, porque nada significaba. Todo era signo de nada, no podía olvidarlo ni ignorarlo. El mundo era un castillo en el aire y la consciencia era el infierno, la locura. Recordaba inevitablemente a aquel maestro gnóstico diciéndole: “Un día verás tanto que desearás nunca jamás haber despertado y querrás volver a ser inconsciente”. El infierno la invitaba a coger, a beber, a fumar, a tomar impulsos de escapismo. Apenas conseguía refrenarse y recordarse que eran tentaciones del inconsciente. Fue valiente. Consiguió recostarse y acallar la mente para dimensionar tamaña oscuridad y afrontar a ese diablo embravecido dispuesto a todo por un alma, pero débil ante toda dosis de meditación.
  Estaba claro para ella, ver su entorno con la mente la había sacado del edén. Recordó la maldita manzana, y la serpiente. Rememoró que era trece de enero y también el sueño de su inconsciente durante esa mañana, en un navío en medio del mar, con una bomba a punto de acabar con la existencia del planeta tierra. Recordó su descenso por unas escaleras hasta la máquina explosiva, que la miró de cerca y que analizó las posibilidades de explosión. Eran noventa y nueve de cien. Recordó su elección de renuncia ante el miedo y su entrega a la muerte: “Que estalle el mundo entero, estoy lista”. Recordó el éxtasis atravesándola y entendió la ansiedad y el infierno del día: Ese sueño había sido símbolo de un final deseado. Del miedo asumido y confesado en letras horas antes, en su cama de una plaza, mil veces. El hallazgo de sentido le devolvió la paz. Los ojos del corazón eran el camino al paraíso, esa mirada era el único sentido de la vida.

#paraiso #infierno #mente #corazon #conciencia #universo #ruedadesamsara #reencarnacion #retornoyrecurrencia #tetragrammaton #gnosis #locura #paz #meditacion #demonio #inconsciente #miedo



Relatos de Epifanía: (3) Mi cama de una plaza, mil veces.


  Epifanía era profundamente honesta consigo misma, y eso más que una virtud era una condena a veces. Tenía que auto-confesarse en palabras. La vida en la tierra cobraba volumen de las sutilezas emocionales que el alma gestaba. Acababa de asumirlo, era hora de plasmarlo:

  "He mentido. Adoro tu fuego, pero yo no ardo sin mi soledad. Estoy sola, y me gusta. Mi casa no habla de nadie, por primera vez. Yo callo sobre lo mucho que me gusta tu fuego, y mi casa calla conmigo. Me siento en la cama a escribirte e imagino cómo te sentarías, qué dirías, y pienso que no cabrías en mi cama de una plaza. No quiero que quepas en mi cama de una plaza. Es la primera vez que duermo en una cama de una plaza, desde mis trece años. No quiero, nunca más, una vida de cama de doble plaza. 
Llevo casi dos años diseñando esta soledad. A veces temo que sea irreversible. A veces temo estar deseando que sea irreversible. Sí, a veces lo deseo. Y a veces creo que puedo llegar a convertirme en un algún ser nunca imaginado si permanezco así. No sé si esta soledad dejó de ser un placer y se convirtió en una adicción, pero no puedo soltarla. Es regocijante tener una cama de una plaza sin el recuerdo de alguien en ella. Es mi tesoro. Esta cama de una plaza es el símbolo de una parte de mí a la que nadie jamás accedió, si apenas yo estoy haciéndolo y por primera vez.
  Quisiera decirte mil veces que tengo ahora una cama de una plaza. Y que me gusta que no quepas en ella, aunque quisiera que sobre su orilla te sentaras de vez en cuando, a despertarme. Pero también debería decirte que me asusta la posibilidad de que un día alcance a notar que no has venido a despertarme y me importe, porque ese día dejaría de arder en mi soledad. Y me apagaría y conmigo se apagaría mi casa y una luz tenue apenas sobreviviría en el fondo, recordando la cama de una plaza en la que te escribí que he mentido. 
  He mentido. Tuve que hacerlo. Fui precavida, sin embargo. No te darías cuenta de que adoro tu fuego, y por eso adoro tu fuego. Es real. Tu fuego no tiene sombra. Prefiero imaginarte sentado en la orilla de mi cama de una plaza, que recordarte sentado en la orilla de mi cama de una plaza."


Relatos de Epifanía: (2) Eclipse

  Sonaba una canción que le recordaba a una banda de la tierra, que le gustaba mucho, llamada Los Espíritus. No sabía desde dónde llegaba, pero atendió a la letra con exigencia. Luego cerró sus ojos y los abrió en aquel lugar donde podía escribirla para no perderla:

“Casi como luz
yo te vi volver
Me apretó la noche
bebí tus derroches
y solté mi cruz”

  Se preguntaba si esa canción realmente existía en la tercera dimensión y había quedado grabada en su inconsciente durante alguna experiencia terrenal o existía recién, apenas, en su oído interno. Buscó respuestas. Pensó en la noche anterior, en la que se había reunido con varias personas, y revisó de forma meditativa esas energías con afán de encontrar en alguna de ellas alguna influencia determinante. Recordó que otra noche escuchó sólo música, tomó su violín al abrir los ojos, la tocó y la grabó en un aparato. Eso le parecía lo ideal. Pero ya no contaba con aquel instrumento ni con ningún otro para reproducirla. 
  Recordó también un mantra que las mujeres de alguna tribu le cantaban mientras se gestaba en el vientre de una de sus madres, en alguna de sus encarnaciones. Cuando tuvo la oportunidad de reconocerlo, optó por cantarlo durante días y eso le sirvió para jamás volver a olvidarlo. Nunca supo en qué idioma lo cantaba, pero lo cantaba y así recordaba que no era quien solían decirle, en la tierra, que era. Decidió hacer lo mismo con esta canción, no dejar de cantarla. Quería grabarse a largo plazo la letra y la música.
  Ella sabía que las canciones que escuchaba eran canciones medicina. A veces sabía de dónde provenían, a veces no. Intuía que ésta era un mensaje del eclipse parcial de Sol en Capricornio que estaría en curso en esas horas del cinco de enero. Un evento astrológico que le importaba porque ella había nacido como Epifanía en el planeta tierra cuando Venus estaba en la casa de Capricornio. Venus siempre fue el planeta de las atracciones, del magnetismo, Capricornio signo de madurez y responsabilidad. Sabía que la canción en cuestión la conectaba con alguna energía que la beneficiaría directamente y que no conseguía aún definir con palabras humanas. 
  Podía deducir que si la Luna, habiendo cumplido ya su función nocturna, había regresado y estaba parándose frente al Sol en Capricornio, creándole una sombra parcial al mundo, esa era una Luna nueva capaz de recoger toda inversión en manifestación responsable y madurez personal. La canción mil veces repetida, que hablaba de noche y luz, y de la cruz, imagen creada por la línea vertical trazada entre los dos astros, al encontrase en el mismo grado matemático, percibida desde el mundo, y la dimensión lineal del planeta tierra, le parecían ahora una poesía creada entre el sol y la luna para la humanidad. Esa canción era, por lo tanto, un auspicio del universo a la trascendencia de la experiencia humana.
  Epifanía había decodificado la canción. El año 2019 en aquel lugar, año cuya suma numerológica daba como resultado tres, siendo este número el de la comunicación, estaba optimizando la velocidad de la información en muchos canales del campo cuántico. Algo nuevo finalmente estaba sucediendo en la tierra y sucedía a gran velocidad. El volumen de la vida estaba perdiendo densidad.

#eclipse #astrologia #intuicion #canalizaciones #meditacion



Relatos de Epifanía: (1) El volumen de la vida


  -Alegra, estoy cansada. Mirá… -dijo a su amiga, que la escuchaba atentamente- ya no sé cómo solucionarlo. La piel de mis manos repite de forma alocada este ciclo que no me permite hacer casi nada –siguió, exhibiendo mediante movimientos ondulados sus extremidades, que iban tornasolándose negro grisáceas-. ¿Ves? Va aumentando su volumen, empieza a secarse, se ahueca, se agrieta y comienza a caer. Debajo, mientras tanto, va generándose piel nueva y todo se repite otra vez, a las pocas horas, sin cesar.
  -¿Te acordás? Mi viejo quiso ayudarte hace mucho. Parecía que había sido definitivo. No se me ocurre qué más podemos hacer…”- dijo su amiga, empática pero impotente.
  -Sí, me acuerdo, pero no… No funcionó. Yo también creí que ahí se había acabado todo. Pero al tiempo volvió a sucederme lo mismo y cada vez con más frecuencia. En fin…”
  -“¡¿Vamos para allá?! Está llegando más gente”- propuso Alegra, intentando desconectarla de la angustia.
  -Dale, vamos.
  Caminaron juntas desde el parque hacia el salón mayor, cuyas paredes eran completamente vidriadas. Había adentro una iluminación muy alta y una gran variedad de juegos virtuales de última generación, simétricamente distribuidos en el espacio. Alegra los vio y corrió entusiasmada, llegó saltando hasta uno de ellos, como si alguien más hubiese corrido a intentar tomar el mismo lugar antes que ella. 
  Su destino fue una máquina que hacía sonar todo tipo de hits comerciales sin reproducir las letras, para que los usuarios hicieran karaoke. También tenía una serie de teclas de color blanco resplandeciente, enormes, diseñadas para ser pisadas en caso de que alguien quisiera agregarle sonidos de piano a lo que ya escuchaba. Alegra eligió un reggaetón y comenzó a improvisar la letra mientras bailaba y saltaba feliz sobre aquellas teclas, componiendo así una canción memorable que a todos los que pasaban cerca hacía reír a carcajadas. Epifanía también reía y disfrutaba de la escena mientras sentía curiosidad de tanta luz, tanto ruido, tanto movimiento, tanta gente… 
  Tres seres de apariencia masculina caminaban desde el lado izquierdo del parque hacia el salón, a un ritmo tan sereno que parecían levitar. Epifanía fue la única que no pudo evitar observarlos de forma curiosa, como casi siempre observaba todo. Durante unos segundos, sospechó que era la única que podía verlos, pero descubrió que no cuando ingresaron al lugar y preguntaron por ella. Por alguna causa que trascendía a la razón misma, sabía que la buscaban, sabía que debían llegar y sabía que tenían algo que le era propio. Alguien cercano a la puerta de ingreso les señaló hacia dónde dirigirse y ella esperó sin moverse, en silencio y con ojos bien abiertos. Tras reconocerla, uno de ellos le habló:
  –Te hemos acompañado todo el tiempo... Sabemos que necesitás ayuda, sin embargo has estado trabajando sola-. Epifanía sonrió avergonzada, asumiendo su exceso de orgullo-. Soy un ser angelical, ellos son mis acompañantes. Necesitamos que sean apagadas todas las luces para poder ayudarte, es necesario bajar el programa útil para esta nueva etapa.
  -Oh, acepto y me siento realmente agradecida. Pero no creo que pueda apagar la luz por mi causa acá, hay mucha gente involucrada en este momento. Voy a preguntar, pero no depende de mí.
  Alegra era pariente del dueño del salón, por lo que sabía qué era posible allí y qué no. Epifanía se le acercó y le preguntó con cierta reserva:
  -¿Amiga, sería posible apagar las luces de este lugar durante un rato para una actualización energética? Yo sé que seguramente no, te pregunto solamente para que conste que realmente no depende de mí y que si así fuera, yo lo haría.
  -Entiendo. Y sí, tenés razón... No se puede, amiguita- confirmó Alegra-. Mi tío me mata si dejo a toda esta gente descolocada y sin explicación. Imaginate…
  -Bien, gracias- contestó Epifanía, con mueca de sonrisa.
  -Lo que suponía, es imposible acá- dijo al ángel-. Podemos acordar hacerlo en otro lugar, en mejores condiciones. Quiero hacerlo.
  -Está bien. Volveremos el martes y vamos a aplicarte lo que llamamos “el volumen de la vida”- dijo haciendo reverencia, antes de retirarse con la misma serenidad con que habían llegado.
  -Gracias- dijo ella, feliz. 
  Marte acababa de ingresar a su hogar, sito en la Constelación de Aries. El Universo propiciaba el inicio de la acción. Epifanía cerró los ojos y apareció donde casi nadie conoce sus viajes. Era la primera mañana del año 2019 en la tierra y sus manos estaban sanas. Era martes. Entró en meditación y recibió el programa pactado. Ahora, el volumen que antes desbordaba la piel de sus manos, lo habitaba todo. Ahora sabía que era tiempo de escribir todo lo que sucede donde no se duerme…

El collage es creación de mi amiga Sabrina Ruiz, Diseñadora Gráfica. Gracias 

#universo #viajes #epifanias #energias #astros #bloggers #relatos #realidades #letras #cuentos #amigas



La humildad, las mariposas y las flores

  Si pudiera elegir un don, quisiera atraer a las mariposas. Porque cuando se me acercan siento dicha en forma de oleadas que coinciden con el ritmo que marca su vuelo, acercándose y alejándose. Es como si (y seguramente es así) generaran un campo vibracional de un radio cien veces más grande que sus cuerpos físicos, que al acercarse afectara mi energía y al alejarse la desafectara. Cada vez que las mariposas se me acercan, me hacen sonreír. No hacerlo es algo que no puedo elegir. Como cuando se está bajo el efecto de las flores de marihuana, sonriendo, riendo e intentando comprender por qué las mejillas tienen voluntad propia y organizan a su antojo la actividad de los músculos faciales. 
  Así estoy yo, enorme y pesado cuerpo con nombre de victoria, a cada tanto, comandada biológica y emocionalmente por unas alitas inquietas. Por esos secretos aplausos de la naturaleza que sólo aparecen cuando estoy en comunión con mi humildad y me siento a merced del mundo, como las flores que atraen mariposas. Cuando recuerdo que nada realmente importa tanto, ya que todo ha sido demasiado para este ser que poco ha esperado.

22-11-2018(11)



Amoríos


  Aunque no he vivido todos los amores que he deseado, he vivido muchos. De esos amores me guardo lo verdadero, lo artístico, lo espiritual. Tuve uno que pasaba media hora reloj mirando y acariciando mis piernas, sin más. Tuve otro que me daba mordiscos desde los pies hasta la boca. Y otro que me enjabonaba y me peinaba en la ducha. También uno que me disolvía a besos. Y uno que siempre me abrazaba largo y tendido, en silencio. Otro que me hacía los mejores masajes. Y uno que me fotografiaba desnuda. Tuve otro con el que dormíamos en el patio. Y uno que se disfrazaba de lo que yo quisiera. Tuve uno que no me dejaba dormir. Tuve otro que realmente sabía escucharme. Uno que bailaba mucho conmigo. Y otro que me cantaba todos los días. Y muchas cosas más que hoy no vienen a mi mente.
  No me quedé con ninguno, no es necesario. Pero mi memoria celular atesora esas partes que cada uno de ellos compartió conmigo y que me enseñaron a dar. Porque nadie puede dar aquello que no ha recibido, y casi todo lo que yo doy es lo que me han dado. A veces me pregunto cuánto sabría de amar si me hubiese casado con el primero… Y siento paz de haber experimentado cada entrega y cada desapego. El amor es libre o no es amor, y en el mundo terrenal el cuerpo es el templo donde está su inagotable fuente. Todo aquel que consiga reconocerla, sabrá amar.


La hermandad



  Supe que llegaba a la casa de nuestra fallecida madre, buscándome, cuando oí sus pasos y esa áspera voz que apenas conseguìa reconocer:
  -“¿Dónde está mi hermana?”-
  El vecino de al lado gritó algo, confirmándole que estaba adentro. Todo estaba en su lugar, el de siempre. Todo era como siempre, familiar. El canario cantó su canción vespertina.  Se repitió durante unos segundos el sonido del pasador golpeándose contra los límites del hueco en forma de círculo por el que penetra la pared, luego de que el perro subiera bruscamente sus patas delanteras a la puerta de reja lateral. Aquel ritual inmodificable con que la casa materna siempre recibía a quien se acercara buscando el efecto placebo del ala de mamá.
  Cuando entró a la cocina, se sentó en la silla que mejor luz de la ventana recibía, cruzó su pierna derecha sobre la izquierda, apoyó sus codos sobre la mesa y entrelazó los dedos de sus manos para apoyar sobre éstas su afeitado mentón. Como siempre. No repitió la pregunta, confiaba en que la puerta del baño, siempre ruidosa, le daría aviso cuando la persona buscada saliera a su encuentro.
  Los minutos se sucedían y yo escuchaba su recurrente carraspeo, aquel que también caracterizaba a nuestro padre, cuyos bronquios habían sido expuestos durante largos inviernos  a repentinos  cambios de temperatura mientras horneaba el pan que luego vendía. No sé si estos ruidos de su garganta eran naturales, si tenían el mismo origen que nuestro progenitor, o si los hacía para hacer notar su presencia a quien suponía dentro del baño. Comprendí que su confiada espera se basaba menos en la confirmación del vecino que en los detalles habituales e intactos del contexto. Todo parecía en su lugar, el de siempre. Esa zona de confort donde sus llamados y demandas  siempre alcanzaban el éxito. 
  Para romper la inercia, me levanté de la cama en la  que estaba sentada, aquella en la que durante años me desveló tanta adolescencia, y caminé hacia la puerta trasera buscando salida. Ninguno de los dos teníamos llave de la puerta principal. Cuando, inevitablemente, pasé por su lado, me habló. Me hizo una pregunta, estoy segura. Su mirada, su gesticulación, su postura, eran tan inexpresivas como siempre que me preguntaba algo. Pero esta vez captè el mensaje en su voz, fue ininteligible a mis sentidos. Respondí:
  -“¿Qué pregunta es ésa?..”-
  Hasta entonces, yo había estado dentro de la casa, escuchándolo. Pero él no encontraría a su hermana. Se fue anoche, luego de podar a escondidas el viejo árbol del patio, llevándose, bien apretada por su mano izquierda, una semilla prometedora. Yo era la única que lo sabía. La vi saliendo y la dejé ir, en silencio. Tenía frío y fe. La luna estaba nueva y las brujas la esperaban junto al fuego. Ahora me voy con ella, adonde las hermanas somos verdad.



La verdad de una bruja

"He vendido mi diablo al alma"
Alejandro Jodorowsky
  Nunca voy a estar a favor del aborto, ni de la drogadicción, ni de la prostitución, porque mis principios no son compatibles con ninguna de estas cosas. Ojalá no existieran… Pero existen, ya las creamos. Y como siempre intento estar consciente de no ser verdugo de los seres humanos (mis hermanos), ni desconsiderar sus condiciones, contextos e historias, prefiero que estas cuestiones sean legales. Para que las personas más vulneradas puedan salir del pozo al que el sistema corrupto, que entre todos sostenemos, las ha empujado.

  Todos hemos permitido que la realidad colectiva llegue hasta donde ha llegado, aún eligiendo el camino fácil de decir que mientras trabajamos otros andan de vagos descuidando sus vidas. Es que hemos estado descuidando nuestra sociedad cuando hemos pensado solamente en nuestra realidad individual. Nos ha sido fácil irnos a trabajar y tener esa excusa para no reclamar un derecho que se le ha quitado a otro, desentendiéndonos de toda responsabilidad social.

"Quien esté libre de pecado, que arroje la primera piedra".


  No es una virtud no haber estado presente en los reclamos colectivos. Cuando la hora del juicio divino nos alcance (la verdadera conciencia, no un Dios burgués inventado para justificar pretensiones de gente egoísta), no habrá actividad mundana que nos pague la fianza. No será una virtud no haber estado junto a nuestros hermanos cuando éstos nos necesitaron.


  En la Formación Ética siempre nos han enseñado que “donde finaliza el derecho del otro, comienza el mío”. Esto significa que si el derecho del otro no es reconocido, el mío dejará de valer progresivamente también. Si seguimos ignorándolo, llegará el momento en que deberemos dejar nuestros comodísimos o necesarios trabajos y ponernos a reclamar por los derechos de todos, ya que defendernos se convertirá entonces en algo muchísimo más urgente que la misma comida. Ese momento se aproxima. Se nos acaba la inconsciencia a todos, y quienes se dieron cuenta antes ya han estado avisándonos esto pero no quisimos asumirlo. Y claro, sabemos que a veces somos personas que tenemos trabajos en los que nuestros jefes no comprenden nada de ética. Entonces deberemos replantearnos si este trabajo con estos jefes que tenemos está impulsando el avance de la conciencia colectiva o está sólo defendiendo un capital que se sostiene en el hundimiento de la humanidad ¿En qué trabajo estás invirtiendo tu energía? ¿Con qué estás colaborando? Quizá nunca te lo hayas preguntado. Sé consciente de quién elegís ser.


  Personalmente, siento que la legalización del aborto, como de la marihuana y del trabajo sexual, además de visualizar y desarmar todo el gran mercado negro que crece a lo largo y ancho del mundo engordando los bolsillos de las grandes corporaciones que dominan el sistema y nuestras mentes dormidas, es la legalización de la sombra humana. Esa que Jung estudiaba, amaba y utilizaba a favor de la sanación del ser. Es la asunción del mal como factor humano inherente e indispensable para la trascendencia. Es la aceptación del demonio interno, como parte nuestra y como compañero de nuestro dios, en este envase que se dice “yo”. Es la trascendencia de la dualidad, la aceptación social de aquello que escondemos por miedo a no ser comprendidos y que nos mata por querer matarlo en nosotros. Es la renuncia a la falsa moral de la iglesia cristiana, la invitación al diablo a sentarse a nuestra mesa y elaborar juntos un nuevo reglamento de convivencia. Que salga a la luz, que se libere el diablo del Vaticano, ese conjunto de prácticas corruptas que han encerrado en su histórico discurso dominante. 

  Yo he visto al Cristo, su hermano. Ha besado mi frente quitando mis velos. Y he visto al Diablo, se siente igual que Frankenstein. La iglesia y su sistema patriarcal lo utilizan para manipularnos. Las brujas siempre lo supimos y lo invitábamos a danzar con nosotras en los bosques, por eso nos mataban.



Miércoles 08/08/18: Que sea ley


La lente

  No hay confusión en la lente del espíritu ni mentira en el corazón. Cuando los velos caen, las células despiertan y la verdad habla: Mi odio a la mentira ha sido siempre el pánico a vivir sin poder verme, presa de mi propio engaño. Nada es lo que parece, pero mientras no me engañe a mí mismx estaré a salvo de toda ilusión.


"Ni la libertad es estar sólx ni el amor es una jaula"

  La persona correcta será siempre aquella ante la cual me sea posible, naturalmente, ser yo mismx. Nadie tiene la misión de hacerme feliz, yo debo ocuparme de mi felicidad. Si me he ocupado de ésta, estoy listx para construir una relación que no se base en carencia y demanda. Si mi vida está encaminada como deseo y consigo sentirme completx y agradecidx con y por lo que tengo (indispensable la salud emocional), quien entra y sale de mi camino no deja vacío alguno. Puedo disfrutar el presente de cada relación sin destruirlo inconscientemente, porque no hay miedo a que se termine en un futuro.

.

CESE


Salgan, corran, vuelen
¡Déjenlo todo!
Piérdanlo todo
¡Hártense!
Desaten todo nudo
Suelten todo amarre
Rómpanlo, córtenlo, quémenlo
y entréguense
La libertad es responsable



Llave

Todo aquello que la mente empuja hacia atrás en este sagrado mundo de tiempos y espacios es la llave del alma que se busca en donde no desea estar.


La magia

  Hoy salí a tomar mates al aire libre, quizá a procesar una noche altamente reveladora, de meditación y muchas horas de escritura sobre magia, y una hermosa lechuza blanca me visitó. Eran las dos de la tarde y, bajo el sol, ella se paró en el centro del patio de casa a mirarme. Se quedó allí unos diez minutos. Ambas parecíamos pegadas al suelo, y curiosas de observarnos. Qué emoción. No podía quitar mis ojos de ella, ni dejar de sonreír. Luego, desplegó sus alas y voló apenas unos centímetros, tres veces. Subió a la pared lateral, me miró por última vez y se fue. 


  Me sentí visitada por mí misma, concibiendo la despedida de un ciclo que comenzó hace unos meses (tal como lo anuncia la Luna) y recordando aquel texto que escribí, "Los ojos de la lechuza". Tras la necesidad de contarlo, comencé a escribir este texto, pensando:"Qué pena no haber podido fotografiarla... Debería permanecer aún más atenta a la cámara para no perder este tipo de oportunidades mágicas...", en eso ¡levanté la vista y la vi, elegantemente erguida, en el mismo lugar que antes!



  Bajé otra vez la vista un segundo, abriendo la cámara del teléfono celular, y al levantarla había desaparecido... Ya no estaba, ni siquiera sé si la segunda vez estuvo para el mundo entero o sólo para mí. No vi su vuelo, su dirección. Nada, sólo su presencia.


  Ay, Laura... Tu propia magia no puede ser atrapada. Está guardada en tu corazón.


Sobre tomar frío

  Siempre me ha gustado el clima frío, principalmente el otoño. El aire refrescando mi frente me causa un placer que sólo en mi cuerpo tiene explicación, por eso prefiero caminar o andar en bicicleta, antes que andar en las cajas con ruedas que son los autos. 

  En la actualidad, el frío me gusta, también, porque me recuerda a mis padres. Es que se activa en mi mente el famoso “abrigate, no tomes frío”, un clásico que incluso yo repito a mi hijo antes de que cruce la puerta hacia afuera. El frío me hace pensar en ellos, los viejos, en la que fue nuestra casa y en la estufa hogar enorme frente a la que me sentaba durante horas a observar el fuego. 


  Esta tarde, mientras caminaba a casa recordando aquel fuego, mi hijo envió un mensaje a mi teléfono celular contándome dónde estaba y en ese momento me di cuenta de que “ya no soy hija”. Mejor dicho, le puse palabras a mi situación de hace pocos años. No soy hija, no dependo de nadie, a nadie aviso dónde estoy, soy la responsable de mi abrigo. No lo sufro. No extraño a mis padres. No me siento mal, ni deseo que no sea así. Sólo… es raro, y me gusta lo raro.



  Si sufriera por lo que no es, pasaría por alto la peculiaridad de los relieves bajo las suelas de mis zapatillas. Y el barro que de ellas sacudo, que es muy hermoso, que brilla bajo la luz de un foco como si actuara para el cielo mientras la gente pasa continuamente sobre él sin apreciar la magia. Sufrir por lo que no es, sólo hace que perdamos de vista la rareza de lo que está siendo. 



  Ojalá mi hijo siempre recuerde que mi partida será señal de que está listo para verlo todo. Ojalá me suelte, ojalá no me extrañe. Ojalá sea libre. Ojalá él sea su propio abrigo cuando el frío llegue, y pueda disfrutarlo tanto como yo.