No soy mala



  Hace semanas recibí la acusación de ser “mala”. Y en segundos tomé consciencia del inmenso dolor que el evento me causó. Me han dicho tantas cosas en la vida… y tantas, casi todas, han resbalado por mi piel hasta la nada misma… Pero esta vez, una palabra  abrió una inmensa herida. Desde ese tiempo a esta parte, me dediqué a observar tal sentimiento.

  Lo primero que sentí fue que, a lo largo de mi vida, las personas me han acusado siempre de ser mala por decirles las cosas que pensaba, sentía y/o no me gustaban. Claro que para los demás los fundamentos siempre fueron otros, como mis formas, el sólo hecho de osar decir algo y hasta intenciones dañinas de mi parte.

  Yo siento de otro modo. Expresar mi verdad ha sido siempre mi gran necesidad, la práctica que siempre he necesitado para auto-descubrirme y auto-definirme. Respecto de las formas de las que he ido sirviéndome para manifestarme y satisfacer esta urgente necesidad, he ido desde las más agresivas hasta las más aburridas, no sin pasar por las inentendibles y las más contradictorias. Y hoy me dirijo hacia los demás y hacia mí misma de la manera que mejor me sienta, la que creo más respetuosa y elegante sin dejar de ser la mía: Sincera y oportuna, nacida en el momento en que siento la necesidad de expresarme y en que percibo que el otro está listo para recibir mis palabras. Con esto no quiero decir que elijo el momento en que el otro está listo para recibir “bien” mis palabras, sino sólo para recibirlas. El juicio que el otro haga de las cosas que recibe no corre por mi cuenta. Así como no corre por cuenta de la persona que me calificó de “mala” que a mí me duela su expresión. Hay cosas que la gente nunca estará gustosa de escuchar, pero que sí necesitan ser dichas, porque de lo contrario acaban por matar a su represor, lentamente (y además, si no salen al exterior, no despiertan el autodescubrimiento en el receptor). Pero siempre, absolutamente siempre, he puesto en evidencia todo aquello que ha ido en sentido opuesto al de mi conciencia y que se ha presentado ante mí como un atentado en contra de mi libertad de ser o de mi concepción de justicia.

  Lo que yo concibo o concebía como justo, o como libertad, no es el punto más importante para mí aquí, ya que mi verdad es única, mía y nadie más que yo misma tiene la autoridad para refutarla. Lo que digo es que este acto mío de expresar lo que de mí nace, ha sido tras el juicio de otros, lo que me ha convertido con el tiempo y la frecuencia en una persona “mala”. Y me ha dolido escucharlo porque yo lo creí verdad todos estos años. Y aunque hace tiempo comprendí que las personas malas no existen, ahora sé que me faltaba comprender que eso no significa que yo soy la mala, sino que no existe un lado malo. Ahora entiendo que si retiro el peso de lo malo de un lado, no debo colocarlo en otro, sino disolverlo.Y así sano hoy mi herida. No hay malos.

  Claro, con el tiempo y la frecuencia de tal acusación, muy despacio y sin darme cuenta, he ido creyendo lo que los otros me decían. Más tarde o más temprano, una/o termina creyendo ser eso que te dicen una y otra vez que sos. Terminás siendo mala/o para los demás y para vos misma/o también, cayendo en el error inconsciente de permitir que tu ser sea definido por los otros antes que por vos misma/o. Sobretodo en edades tempranas, durante las cuáles resulta casi imposible saber quién se es, o cómo se es, o para qué se es. Y esto se da con más facilidad y rapidez cuando las etiquetas surgen del propio seno familiar. ¿Y cómo no? Si tiempo completo están enseñándote que el grupo familiar es lo único perdurable que tendrás en la vida, que es gente incondicional que al final del camino será la única capaz de amarte por lo que realmente has sido, y a pesar de ello, como si siendo otra cosa que lo que ellos esperan te convirtieras en algo defectuoso. Y una/o nace y crece amarrada/o a eso, y a lo que la familia cree, ve y dice de una/o misma/o. Al menos hasta que alcanza la capacidad de autoconocimiento y consigue comenzar a limpiarse de las limitaciones que la educación familiar, en primera instancia, le ha impuesto. Ardua tarea…

  Veo ahora esto gracias a haber encontrado mi propio lugar de ser, mi esencia, mi luz y mi sombra contenidos en este cuerpo, que late y se renueva cada vez que soy, y que se enferma y entristece cada vez que no me permito trascender mis limitaciones. Y mi visión me permite reconocerme como un ser libre, no bueno, no malo, sino libre de ser lo que necesite ser, de decir lo que necesite decir y de hacer lo que necesite hacer. Ya no gasto mis energías haciendo cosas por el otro esperando que un día ese otro me diga que ahora cree que soy buena y que eso cure mi herida, esperando el reconocimiento de mi evolución. Si he recibido esa acusación, seguramente la he merecido. La acepto, la trabajo y la transformo en aprendizaje: Nunca he sido mala, ni buena. He sido lo que mi conciencia me ha llevado a ser en cada momento. Y eso que he sido en cada uno de los momentos es lo mejor que yo he podido ser entonces. Es lo mejor porque es lo que yo misma he elegido ser, sobretodo. Me perdono por haberme culpado a mí misma, a veces, por ser auténtica. Me hago cargo de cada cosa que he dicho y de cómo y cuánto he dicho. Me alegra saber que el miedo a que los demás se alejen de mí nunca superó al cuidado de conservarme a mí misma. He sido valiente, desapegada y tenaz. Sé ahora que siempre he sabido protegerme de la alienación, aún en los momentos de inconsciencia. Sigo siendo yo, distinta, pero la misma. Y me he pulido con los años, con las consecuencias de mis actos, con las verdades que otros me han devuelto. Yo soy parte del tesoro más valioso, mi ser, y nada ha podido aislarme de él. Mucho gusto, mi nombre es Laura, que significa “la victoriosa”, y esto es la victoria para mí.

  Nunca seré buena para quien lleva dentro viejas cosas sin decir, viejas heridas sin sanar y la negación de ser merecedor de cada cosa que recibe. Nunca seré buena para quien rechace la propia responsabilidad de haber generado en el otro lo que el otro le manifiesta. Nunca seré buena para quien en vez de decir las cosas a quien corresponden,  se las dice a un tercero para descargarse, porque nunca seré buena para quien rechaza de mí la valentía que él/la mismo/a no tiene de ser auténtico/a. Nunca seré buena para quien pretende que yo satisfaga sus necesidades mientras me niegue a hacerlo, y me niego. Nunca seré buena para quien necesite limitarme, definirme, y no lo consiga. Nunca seré buena para quien no se permite ser libre, porque soy la representación de eso que necesitan y no se permiten expresar, porque lo tachan de malo, de inmoral. Nunca seré buena para quienes hacen juicio sobre las personas porque manifiesto lo que todos somos y que no todos consiguen asumir. Jamás seré buena para quienes no se aceptan a sí mismos.

  Pero sobretodo, nunca seré buena para mí... SERÉ LIBRE

2 comentarios:

  1. Gracias por compartir Laura

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    1. ¡Gracias a vos, Faurel, por tomarte el trabajo de comentar! ¡Un beso!

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