Trabajando la abundancia I


Aceptar los conflictos, renunciando al miedo y respondiendo con un pensamiento más amoroso que los habituales.”

  No es lo que me han enseñado, pero es lo que he venido a aprender. Genera muchos conflictos a mi alrededor comenzar a transformar el inconsciente familiar. Es dificil para cada uno de nosotros asumir que el otro es libre de decirnos “no”, “basta” y de no hacerse cargo de nuestros juicios.
  MANIFESTAR LO QUE SIENTO aunque al otro le desagrade mi sentimiento es una ardua tarea. Es realmente difícil ganarle la batalla a la culpa por el dolor del otro. Me han enseñado a hacerme cargo de la carencia del otro, ayudándolo a ocultarla y a dejarla donde sea que esté. No se me ha inculcado el valor de ser luz. Temo manifestar mi luz, que nace de la libertad de ser yo misma, porque creo que debo evitar que el otro sienta el dolor que podría sanarlo. Pero en ese querer cuidar al otro, además de hacer lo opuesto, que es ayudarlo a permanecer alienado y herido, me privo a mí misma de ser quien deseo ser, y de vivir como deseo vivir… en libertad.
  Cuando me toca ser quien escucha lo que no quiere escuchar, tiendo a acusar a quien habla de ser el causante de mi dolor. Y así llega el castigo. Ejerzo la indiferencia o el orgullo ante quien me dijo lo que yo no quería escuchar. Rechazo su autenticidad porque no quiero manifestar la mía, porque no puedo enfrentar mi dolor, mi herida, mi hueco emocional. El otro viene con su luz a dejar ver mi sombra tan sólo siendo libre, y se convierte en mi verdugo. Escapo de mi dolor velozmente hacia la cueva más cercana… la de la víctima. Después de eso viene, en los peores casos, la búsqueda de aliados, a veces enemistando a otras personas y una serie de movimientos más, siempre motorizada por el miedo, para seguir sosteniendo mi papel de víctima. Aunque esto no sane jamás mi dolor, es una realidad que me invento para, al menos, soportarlo.
   Cabe agregar que cuando quiero cuidar al otro de lo que deseo decirle y evitar la culpa que me causarán sus acusaciones, también quiero evitar la posibilidad de escuchar una respuesta dolorosa. Porque no estoy lista todavía para reconocer mi propio dolor. Es importante saber dar bien lo que no es bien recibido como también saber bien recibirlo si regresa.
  Puedo vivir con mi dolor oculto, proyectándolo en todo lo que es o puedo decidir liberarlo para concienciar mi luz. Pero si decido manifestar mi luz, debo estar consciente de que todo a mi alrededor, antes sostenido por mi miedo, comenzará a caer. Porque ya no es compatible con mi nuevo modelo mental. En esa caída encontrarán final algunos vínculos, quizá los más fuertes. Algunos volverán transformados, otros se resistirán y perecerán durante la transición de mi estado. Los que vuelvan transformados serán los que me acompañen en mi evolución. Los que perezcan, serán los que deban irse. Aceptar esto también es parte de renunciar al miedo.
  Y cuando el otro sufra a causa de mi luz, de mi decir lo que siento desde lo profundo de mi corazón y por el bien de todas las partes involucradas, deberé aceptarlo, comprenderlo y dejar que manifieste ese dolor porque es una oportunidad para liberarse de él, aunque quizá luego decida desperdiciarla. Yo me mantendré a la distancia que convenga a mi paz, enviándole mi amor a su situación.

  La abundancia es un estado vibratorio, un lugar mental en el que siempre actúo desde la mejor versión de mí misma y en el que entonces todo lo que es, es como debe ser.  En ese lugar mental, el dolor ajeno no es mi responsabilidad, pero puedo ayudar a sanarlo (sin siquiera saber que lo hago) sólo cuando me hago responsable del mío, y eso puedo lograrlo  siendo yo misma e incentivando al otro a ser quien anhela ser también. Lo que implica dejar de buscar culpables y decirnos lo que sentimos, desde el corazón y no desde el ego. La voz del corazón busca comprensión, la voz del ego, busca sufrimiento. Es sencillo reconocerlas, en mí y en el otro.

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