Soy mi propósito

  ¿Qué es la cultura más que un conjunto de creencias, tradiciones y hábitos determinados por convención que se transfieren de generación en generación, en una sociedad determinada, para administrar el poder? Nacemos simples, completamente conectados con la magia de vivir y sin saber absolutamente nada que no tenga que ver con eso, y en cuanto damos señal de recepción nos convertimos en depositarios de una sarta de ideas que beneficiarían lo largo de nuestro camino. Así es que, dentro de nuestra cultura, pasamos a vivir una vida en la que se nos dice qué y cómo odiar, qué y cómo desear, qué y cómo buscar y qué y cómo ser.
  En cierto punto de mi vida descubrí que mi pelo más que estar limpio y cómodo, debía responder a una serie de demandas externas como ausencia de frizz, presencia de brillo y suavidad. Si me presento a algún lugar sin satisfacerlas, me convierten en alguien inferior de inmediato. Seguidamente descubrí que mi cuerpo debía amoldarse a mis jeans y no al revés, que mis pechos debían amoldarse a algo irónicamente llamado “sostén” para que gustaran a los demás y que si engordaba nada de lo anterior me haría válida ante la sociedad. A causa de eso, descubrí que la carne era indispensable para una dieta que salió de algún lado diciéndome que era lo mejor para mí, y yo nunca lo había cuestionado…   
  ¿Cuánta gente vive bien sin comer carne?¿Y cuánta vive bien consumiéndola? Hace tres años que no como carne, y sigo viviendo, en el país más carnívoro. Desde que dejé la carne vivo mejor en todos los sentidos. Mi cuerpo se siente mejor, mi mente funciona mejor y mi vida es mejor. A causa de esa renuncia, puedo comer todo lo que se me antoje, sin engordar.  Como “como hombre”, porque supuestamente “la mujer come menos que el hombre”. No engordo porque todo el sobreesfuerzo que mi organismo antes hacía para digerir la carne, le restaba energías que debía utilizar para hacer lo que le corresponde, quemar grasas y demás. Ahora trabaja bien y tengo una digestión bien cómoda. Una buena metáfora sería que he dejado de correr detrás de la salchicha que nunca alcanzaría. No compro más jeans porque no se amoldan a mi cuerpo, no uso ni compro sostenes porque no los necesito para gustarme, y mi cabello es como es. Mi cuerpo busca lo mismo que mi espíritu, libertad.
  Claro que esto no le conviene al mercado, porque además de perder a una consumidora de moda y carne, pierde a una consumidora de productos que “sirven para adelgazar” y para mejorar el tránsito intestinal, de medicamentos, pero sobretodo pierde a una consumidora de ideas. Porque lo que nos venden detrás de todo esto, son ideas. Ideas que compramos porque ya vienen hechas y no hay que sentarse a elaborarlas. Y claro, creemos que es mejor comprar cosas hechas. Aunque desde lo más superficial hasta lo más profundo  voy descubriendo que ser yo misma me traerá problemas con mi sociedad, con mi gente, e incluso con mi propia mente, cada día renuncio a algo que no he elegido por mí misma. Y no es tan fácil como suena desaprender lo aprendido, pero cada vez que lo hago soy más feliz. Practico el discernimiento para serlo. Y muchas veces recaigo en la inconsciencia, pero siempre vuelvo a recordar que soy mi propósito.
  Pero la cultura que sostenemos, refuerza a un sistema que necesita personas infelices. La televisión nos muestra diariamente un mundo perdido, nosotros tomamos esa visión del mundo, la repartimos en quejas a todo el que se nos acerque y así vamos contagiándonos. El fatalismo es nuestra mejor excusa: “El mundo no tiene remedio (léase: sólo nos queda quejarnos hasta que se acabe).” El inconsciente colectivo no logra cobrar valentía para hacerse  a la luz de que detrás de toda la aparatosa escenografía que hemos ayudado a construir, hay un mundo que nos hace libres, en el que el poder de cada uno es de cada uno y en el que nadie puede decirnos cuál es nuestra verdad, ni administrar nuestra felicidad. Y es que la cultura es un medio para la trascendencia, no un fin. Nos hemos dormido en mitad del camino, olvidando nuestro propósito.
  Nuestra cultura nos dice qué y cómo ser y nos aleja de nosotros mismos. Acalla nuestra libertad. Nos desacredita si no escuchamos cierta música, si no leemos ciertos libros, si no bailamos ciertas danzas, si desconocemos ciertas ciencias, si cruzamos ciertas líneas, bajo el discurso de que necesitamos que nos regulen desde afuera. Incluso nos condena si demostramos no necesitarla. Lo hace desde la religión, desde la política, desde la economía, etc. Esta cultura nos lleva a encarnar un personaje que luego no quiere abandonarnos porque también recibe una cuota de poder si persiste. Ser culto y/o socialmente aprobado implica un lugar de privilegio. Y nuestro personaje realmente cree que el lugar de privilegio que lo hará feliz se encuentra fuera de sí mismo.
  No queremos asumir que si no nos alienaran desde que comenzamos a vivir, no necesitaríamos, luego, un molde en el cual sentirnos “alguien”. Nos cuesta reconocer esta tan nuestra relación de: te quito para que necesites. No queremos comprender que si no creciéramos bajo una cultura de desamor, viviríamos en el amor. Y donde hay amor, las reglas sobran. Es que el amor no necesita una moral impuesta desde afuera, tiene la suya y es tan perfecta como espontánea. El problema es que también hemos comprado una idea hecha acerca de este sentimiento que dice que el amor duele, y venía con un gran miedo de regalo. Pero yo no me distraigo…


Laura Mastellone

1 comentario:

  1. Lo que duele es la vida porque no la podemos dominar, manejar, planificar para nuestras necesidades. Nuestras necesidades son nuestra causa de doler de cada cual. Queremos una buena compañía, queremos seguridad, queremos que todo nos salga según nuestro plan. Y para eso, recurrimos a todas las tretas de la mente: meditamos, nos reunimos y juntamos con los que piensan como nosotros, adoptamos una disciplina corporal, alimenticia –como no comer carne-, etc.
    Pero nada de todo esto nos va a traer la felicidad. Pues la felicidad es ver la ilusión en que vivimos. La vida es como es: nacer, crecer en su esplendor, enfermedad, la vejez, la muerte. Y a nosotros eso no nos gusta. Y por eso huimos de eso, para ver si podemos derrotarlo.
    Así que la vida es pasar por todo eso –la felicidad, la angustia, el sufrimiento- sin huir ni querer cambiarlo, sin convertirnos en neuróticos. Pues cuando uno se da cuenta que nada se puede hacer para cambiar la vida, es cuando ésta cambia.

    ResponderEliminar