Trabajando la abundancia II

  Si tuviera que darle una estructura al proceso de manifestación de mi propia abundancia, diría que llevo hasta ahora tres grandes momentos:
   Primero que nada, he necesitado saber quién soy.  Así, como si fuera fácil.  Tuve que asumir que he vivido sin conocer absolutamente nada de mí más que una serie de falsas creencias. Descubrí que no soy mi nombre, no soy tampoco mi historia, ni mi cuerpo. Más tarde fui más lejos y comprendí que no soy mi intelecto. Y eso dolió mucho. Ahí comenzó el viaje de reconocimiento de los sentimientos.
  Para reconocer mis sentimientos tuve que aprender a identificar mis emociones. Saber de dónde viene la ira fue algo revolucionario. Nunca antes se me habría ocurrido pensar, primero, en mi ira, y segundo, en la relación directa entre su proporción y la del conjunto de heridas que yo portaba en el alma. Cuando comprendí que estaba tan herida como enojada, no tuve más opción que asumir mi responsabilidad de sanar.
  Mi ira se dividía en dos grandes partes. Una, concentraba las heridas  causadas por la desprotección vivida durante mi infancia y adolescencia por parte de mis tutores y la otra, las heridas causadas por lo mucho que yo me desprotegí a mí misma durante mi juventud. Fue maravilloso aprender a diferenciar el sentimiento detrás de cada emoción. Todavía sigo aprendiendo esto, y seguiré haciéndolo toda la vida.
  Perdonarme y perdonar, inherentes, inseparables. Una cosa trae a la otra. Ambas transformaron mi rencor en comprensión, el enojo fue disolviéndose. Y al irse la mayor parte de mi enojo, pude sentir quién soy. Soy mi propósito.  Y todo lo demás se desprende de aquí.
  En segundo lugar, saber qué es lo que quiero. He sabido esto, pero  no sin antes perderme en la incertidumbre más profunda de mis desconocimientos. No es fácil sumergirte en el saber absolutamente nada y dedicarte a contemplarlo en un mundo que exige producción constante.  No es sencillo predicar la meditación, la abstracción, la quietud y el silencio en medio de la mecanicidad que obliga a ser engranaje. No fue fácil detenerme, dejar de colaborar con la robotización de la vida para poder descubrir hacia dónde y cómo necesitaba trazar mi camino. No fue fácil conseguir que los demás lo aceptaran, porque pretender comprensión era pedir demasiado, lógicamente. Con aceptación fue suficiente, gracias doy. Y a partir de allí, luego de soltar lo que no era para mí, comencé a proyectar sueños amorosos.
  En tercer lugar, mi práctica actual y diaria  es la de la autenticidad, y aunque hoy me siento más cómoda con la situación,  me ha costado bastante. Aún no lo naturalizo, pero avanzo con constancia.  He encontrado la clave de la autenticidad en manifestar lo que siente mi corazón. Y en este punto quiero dejar en claro que estuve confundida acerca de lo que significa ser auténtica para mí. Durante mucho tiempo creí que se trataba de decir lo que sentía, y esto me llevo a estar sentada reprimiendo  una furia descomunal y creyendo ser auténtica por decir “ahora mismo estoy muy furiosa”. Eso es lo que ahora llamo “mi sinceridad pasiva”. Haciendo esto, sólo acumulé más ira, porque no estaba siendo libre sino  lo que suponía que los demás aprobarían. Estaba cuidándolos de mí, como si fuera mi responsabilidad hacerlo. Eximiéndolos de su responsabilidad de lo que generan en mí a cada segundo.
  Hoy comprendo que ser sincera no alcanza para ser auténtica, que el otro es responsable de lo que genera en mí tanto como yo soy responsable de lo que genero en él. Y que manifestar lo que siento es parte de cuidar mi salud integral,  que cuidarla es una forma de cuidar mejor al otro también, sin dejar de hacerlo hasta donde a mí me corresponde. Entonces, practico decir que no a los pedidos de favores cuando no siento deseo de hacerlos, practico enojarme cuando algo me molesta, ponerle freno a las actitudes de alguien a quien no tengo ganas de soportar y sacarme de la cabeza la idea de que aceptar implica tolerar lo aceptado.  Renuncié a ceder ante  extorsiones, amenazas, manipulaciones y ante todo tipo de berrinches que son la trampa perfecta para caer en la sinceridad pasiva de nuevo.
 He dejado de cuidar a los otros para cuidarme a mí. Si necesito despertar a mi pareja a las tres de la mañana porque la angustia por algo que hizo no me deja dormir, lo despierto. Me salgo cada vez más del papel de mujer perfecta, de la que vive considerando que él debe madrugar y que despertarlo implica que sufra cansancio al día siguiente. Él deberá, a partir de ese evento, decidir si quiere o no repetir la causa que trajo tal consecuencia. Cada quien con su responsabilidad. La mía es conmigo. Y si eso lo enoja, que lo manifieste también, puedo aceptarlo. Siempre y cuando nos sea posible trabajar juntos en la evolución de la pareja.
  Así es que todos los días me encuentro en medio de alguna situación que me regala la oportunidad de ser como siento. A veces vuelvo a caer en la sinceridad pasiva, y debo reforzar mi atención. Pero de todos modos, aprendo  y me siento cada vez más libre y abundante. Luego de este proceso, que recién comienza, es que comienzo a entender cómo es que se manifiesta la abundancia. Sólo después de lograr liberar lo que pasa por mi cuerpo cada vez que siento, he podido destrabar un poco más que antes mi falta de abundancia, espiritual pero sobretodo económica. No soy rica, es cierto. Ni pretendo serlo. Sólo trabajo para obtener todo lo que necesita mi ser para evolucionar. Y todo lo que necesito cobra fluidez.
  Mantengo mi enfoque en una idea que he conseguido crear hace muy poco tiempo: "Dejo pasar todo aquello que no se parece a lo que quiero, porque si recojo todo lo que hay al paso, obstruyo la llegada de eso que viene en camino, de lo que en verdad espero". Y mientras no pierdo este enfoque, todo lo que he soñado está acercándose a mí, a ritmo suave pero firme.
Laura Mastellone



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