El amor es el fin del matrimonio y el fin del matrimonio es la sanación del útero



  Escribir esto es una especie de cierre de un proceso de muchos años para mí.  Cuando estudiaba letras, entre tanta filosofía que descubría y aplicaba en mí, en mis relaciones con el mundo y en mi montón de relaciones “amorosas” que “no funcionaron”, llegué a la conclusión de que el amor no existía. Para mí fue un asunto aturdidor y vertiginoso, enorme, y quise charlarlo con gente cercana para darle más vueltas. Sobretodo porque era más chica, me faltaban algunas experiencias que más tarde incorporé y aún no había despertado lo suficiente mi amor propio. Por supuesto, a nadie le cayó bien la idea. Mi planteo fue  una amenaza para su sistema de creencias y me condenaron de varias formas, explícitas e implícitas, sin posibilitar debate alguno.
  En ese entonces, mi idea no estaba bien definida. Me costaba terminar de darle forma. La sentía desbordándome y no conseguía traducir en palabras la manera en que eso sucedía. Eso evitó que acumulara la fuerza suficiente para insistir con el tema, porque me preocupaba demasiado que se pusiera en discusión la coherencia de mi pequeño recorrido intelectual. Y, con los meses, fui retomando la creencia común del amor. La del amor definido como un proyecto de dos, acompañado de un contrato de exclusividad, de sexo y de reproducción sexual. Así es que seguí intentando alcanzar ese combo de cosas, porque hacerlo suponía algún tipo de realización y yo quería experimentar eso para saber si en verdad no había estado equivocándome. El sistema prometía insistentemente el combo, haciéndome dudar de mi propia voz interior, restándome auto-confianza. Hoy confieso que, de ese combo, he tenido todas las cosas, juntas y separadas, y nunca me llevaron a sentirme realizada. No me han conformado.
  Hay algo en mi interior que no se conforma nunca, y lo agradezco profundamente, porque es la alarma que me mantiene consciente de mi no-realización. Cuando hay búsqueda, inquietud, no hay realización. Ahora sé que el amor no es lo que nos han vendido, que no existe en el sentido de que no está depositado en un otro, en una cosa o en un plan, que no necesita de nadie más que de uno mismo. No es algo que surja por demanda, sino que se emana desde el interior tras descubrir su origen en la soledad y sin andar limitando  a otros seres que necesitan lo mismo que nosotros: ser, en toda su autenticidad.
  La realización para mí es la totalidad (“El Absoluto” le llaman los gnósticos), porque si hay totalidad no hay nada que buscar. Porque todo está completo, y si todo está completo, no hay nada que falte. No hay necesidad, no hay deseo. Al dejar de faltar algo, al no haber un “nada”, un “vacío”, un hueco que llenar u ocupar, pierde sentido lo que lo completaría, porque pierde la función de ocupador. El concepto de “algo” se disuelve. Es cuando todo es nada y todo lo que es no es. Y es cuando, entonces, el lenguaje también dejar de ser necesidad, ya que al no haber división, no hace falta definición, porque no hay nadie que defina, no hay algo para definir ni una necesidad de comprender algo.
  El amor a nosotros nos lo venden y nosotros lo vendemos como algo que nos hará sentirnos completos, como un “combo para la realización”, sobretodo a las mujeres. Y eso es lo que buscamos, casi desesperadamente. Buscamos, y en ese buscar es que nunca encontramos, porque si algo nos aleja de la totalidad, de la falta de deseo, de la no necesidad, es la búsqueda. Buscamos contrato con quien nos comparte su sexo y su proyecto, y como ahí ya tenemos tres cosas del combo (sexo, proyecto compartido y posible reproducción sexual), sólo nos faltaría el último ingrediente para alcanzar la realización, el matrimonio (el contrato de exclusividad). Sí, queremos llegar al matrimonio porque creemos que al llegar estaremos cruzando la puerta a la realización. Pero la verdad es que llegar no es el punto importante, sino que es más sano salirse que permanecer en él si el objetivo original es éste. Porque es contraproducente, una postergación de la búsqueda personal que nos libera.
  El efecto de seguridad que brinda el concepto del matrimonio dura un tiempo determinado. Mucho o poco, pero llega un momento en que este enorme fuerte se cae o se sostiene buscando material nuevo fuera de él. Algunas personas buscan sexo extra-matrimonial, otras se crean adicciones, otras toman más trabajos, nuevas actividades, estudios, amigos, más hijos, etc. Siempre buscando más de lo que parecía todo al momento de unirse en matrimonio. Y eso no es autorrealización, es búsqueda, insatisfacción, inconformidad. Y es un estado maravilloso del espíritu, pero no requiere tener un contrato amoroso con nadie. El otro también necesita realizar su búsqueda, y convencerlo de que debe permanecer a nuestro lado es algo (egoísta) que nos han hecho creer. Nadie necesita a nadie para realizarse. Y el otro no nos necesita para su autorrealización, aunque nos cueste asumirlo.
  La exclusividad, pensada como parte del combo para la realización, es una forma de mantenerse mutuamente cumpliendo normas que en algún momento alguno detestará, porque nadie desea hacer lo mismo toda la vida. Todo el tiempo estamos buscándonos en lugares diferentes: en una persona, en otra, en una actividad, en un viaje, en una fantasía erótica, en un hijo, etc. ¡Y es que debemos experimentar todo lo que podamos para descubrir cuál es el camino a la realización aunque lo hagamos de manera inconsciente! La exclusividad es una limitación. Considero que no hay un ser humano que no deba experimentarla, porque es una gran maestra, y que no hace falta que sea de por vida. Lo más sano es que cuando uno de los dos comience a sentir inquietud, ganas de seguir buscando otra cosa en otro lado, tome la decisión de hacerlo y lo haga. Que siga su camino agradeciendo lo compartido, y que eso no signifique un abandono o una traición, sino un acto de amor. La exclusividad es una experiencia que sirve para aprender a soltar, que enseña el desapego, que permite la práctica de renunciar a las exigencias que puse sobre el otro, y sobre mí.
  Todo tiene un ciclo: los deseos, los hijos, los amigos, las etapas, las relaciones, las estaciones, las inclinaciones. El multiverso es cíclico. Los contratos de por vida no se condicen con la evolución, porque la única forma de evolucionar es tomando y soltando. La realización es renuncia, a todo, es necesidad de nada, apego a nada. Sólo nos acercamos a ella soltando todo lo que debe irse, lo que ya no nos sirve, lo que ya nos sirvió, lo que cumplió ya su función. Apegarse estanca, bloquea, desequilibra y engaña. Mientras más soltamos, más descubrimos que cada vez necesitamos menos.

LA MUJER
  Las mujeres que se casan convencidas de haberse realizado, renuncian a sí mismas para ser “mujeres de”, pero más tarde o más temprano, comienzan a necesitar algo más. Y ahí vienen los problemas, porque sin querer caen en el error de vivir reclamando al hombre el regreso de aquel sentimiento de satisfacción adquirido tras el casamiento. Como si fuera responsabilidad de la pareja facilitarle la plenitud que no ha estado buscando, que no ha estado oliendo cada vez más cerca, como lo hacía antes de casarse. Y es que cree que la autorrealización está en la pareja y que debe sacudirla como a una maraca que nadie mueve para que haga ruido otra vez, ya que el silencio le despierta inquietudes nuevas, que no están dentro del contrato firmado por ambos. Bucear en esas inquietudes puede llegar a ponerlo en riesgo, y a la exclusividad, al combo, y generar culpa. Entonces es mejor reclamarle, al otro, cosas y responsabilizarlo de los propios deseos (sobre todo de aquellos considerados impuros que despiertan la culpa), de la propia no-realización.
  Otras mujeres, un poquito más libres, en vez de reclamar, vuelven a buscar. Buscan otro/s hombre/s o mujer/es, actividades, amigos, viajes, retiros, etc. Y, lógicamente, en ese retomar de la búsqueda, estas mujeres se abren a las posibilidades mucho más que antes de casarse, por necesidad natural, por consecuencia inevitable de la auto-represión ejercida durante largo tiempo. El único punto desfavorable de esto es que, en el caso de la infidelidad consumada, al seguir sosteniendo el contrato de pareja creyendo que lo que han hecho es inmoral (claro que la persona con la que se encuentran casadas así lo concibe también) nace la culpa.
  De estas dos situaciones nacen los problemas de útero (traten de informarse sobre el deterioro progresivo de la salud uterina en el mundo entero), porque nacen la culpa y la demanda. La culpa y la demanda (ambas, producto del miedo) son estados de la conciencia que afectan directamente al útero.

  El útero es, energéticamente hablando, nuestro órgano más importante, mujeres. Es el núcleo de nuestro poder, de nuestra comunión con la tierra, el cerebro simbólico de la mujer, la embajada del inconsciente femenino, el depositario y contenedor de las experiencias sexuales de la parte femenina de nuestro árbol genealógico. Representa el hogar, la sexualidad, la creatividad y la creación, la energía maternal, el amor incondicional y es irradiado por el Chakra Sacro, uno de los siete centros más importantes dentro de nuestro sistema energético.
 Muchas veces, la mujer cree que se libera por animarse a tener sexo con otro hombre o por salir de su casa a trabajar o a estudiar (por ejemplos). Pero aunque estos pasos son parte del proceso, no significan la libertad definitiva porque sigue habiendo en la conciencia una contradicción: el sostenimiento del matrimonio por miedo a desafiar la creencia que lo avala, y al mismo tiempo, la búsqueda de realización fuera de éste. Las células del cuerpo de una mujer saben inconscientemente, que el contrato que ha firmado no es el pasaporte a la plenitud, sino una experiencia más en su búsqueda, pero la mujer teme rescindirlo porque hay una creencia arraigada en su conciencia de la que no logra despojarse, y ese conflicto constante daña su salud integral. Miente al otro sobre lo que desea, necesita, busca, y se miente a sí misma, por miedo a soltar. Si no, sigue sola, pero buscando insistentemente completarse a través de la unión con otra persona, sin hacer consciente lo que el cuerpo sabe y sufre, dañando más su útero. Sin saber que para cuidar y sanar su útero, la mujer debe darse a sí misma lo que reclama.

RELACIONES CONSCIENTES
  Las únicas relaciones de pareja que “funcionan” a largos plazos (“funcionan” porque en realidad toda experiencia cumple su función de una manera u otra), son aquellas en las que ambos son conscientes de que cada uno es responsable de su propia realización. Son parejas que saben que lo más práctico es compartir ahora, viviendo el presente, porque quizá mañana no sientan lo mismo o no puedan compartir un proyecto común. Son las parejas que no se relacionan desde el apego, desde el miedo a no tener un contrato de por vida, desde la necesidad de reproducirse para ser. Porque son seres que saben que el otro es un compañero mientras dure el proyecto juntos y no el responsable de hacerlos sentir felicidad, plenitud.
  Estas parejas, a veces, renuncian a ciertas situaciones o costumbres, de común acuerdo, para sostenerse en el tiempo y poder convivir en armonía. Y es que no hay forma de que dos personas compartan un techo, en paz, sin reglas de convivencia. La convivencia entre estos pares es una elección consciente, sin apego y sin expectativa de realización depositada sobre el otro y sujeta a futuras demandas, sin alternancia entre dos realidades (una blanqueada y otra oculta), porque en estos casos el equilibrio se pierde.
  Son parejas que persisten en el tiempo porque no pierden su individualidad, ni niegan la responsabilidad de sí mismos. Pueden elegir la exclusividad como preferencia mientras dure, porque son personas honestas consigo mismas y con el otro, o permitirse descartarla, o dejarla en manos de la naturaleza. Pero no sienten la necesidad del matrimonio porque saben que soltar es parte de la búsqueda, y si les llega la hora, sabrán hacerlo. Y si eligen casarse, es para cumplir requisitos legales que posibilitan la concreción del proyecto en común ya iniciado. También pueden tener hijos, pero sin perder de vista el enfoque desde el que fue iniciada la relación.

  EL HOMBRE
  El hombre difícilmente ve el matrimonio como una realización, por eso generalmente se resiste más a casarse. Su miedo o la duda eterna de tomar una decisión definitiva es real, lógica e inteligente. Es su voz interior diciéndole que eso va en contra de su realización.  Todo se mueve, todo cambia, nada es estático y nadie sabe si sentirá o deseará lo mismo todo el tiempo. Seguramente no. Nadie sabe lo que pasará mañana, y al hombre no le asusta tanto como a la mujer no saberlo. La mujer necesita asegurarse un plan para ser madre y “mujer de”, al hombre no le importa ser padre teniendo un plan seguro o no.
  Posiblemente encontremos algunos hombres que manifiesten lo contrario, que expresen la importancia del deber de formar una familia y de mantenerla unida a rajatabla, pero es un discurso que sostienen hombres educados bajo preceptos morales religiosos y machistas, que afortunadamente pierden cada día más fuerza. A la gran mayoría, no los pone ansiosos llegar a los treinta o cuarenta años de edad sin ser el esposo de alguien. Y me atrevo a sospechar que para el hombre la realización pasa más por la reproducción que por el contrato de exclusividad.
  Sabemos que el matrimonio es una exigencia de la iglesia como institución, del sistema patriarcal, entonces las mujeres somos las que más necesidad de “completitud” experimentamos porque somos el sexo a debilitar (no “el débil”) desde siempre. El hombre suele firmar el contrato de exclusividad, finalmente, para poder reproducirse y sentir que sirve como macho. Pero a la hora de recurrir a la infidelidad, si lo hace, no siente la culpa que siente la mujer. Porque aunque firmó con aclaración y todo, nunca creyó en la exclusividad, si no que toleró el ítem para ser padre. O para poder satisfacer su inconsciente necesidad de tener una madre en quien pasa de ser mujer a ser “su mujer”. En fin, por conveniencia. Y  aunque el hombre no cree en la exclusividad que exige el matrimonio, su mujer no puede faltar a dicha regla, porque la necesidad que él tiene de ver a su mamá en la esposa implica la misma exclusividad que brinda una madre machista. Así, la zona de confort se garantiza para él.
  Por otro lado, el hombre que asume su necesidad de realización, simplemente se va del hogar, no sin ser condenado por eso como el ser más vil en la tierra. Al no haber vivido bajo el mismo nivel de represión que la mujer, tiene un poco más de conciencia de su amor propio. Sabe que “el combo” es mentira porque conoce las intenciones de quienes lo impusieron. Los que hacen a su género. Y comparte con ellos la misma conciencia colectiva masculina, desde siempre temerosa del poder femenino. Le resulta evidente la estrategia para dominar sobre la mujer, pero no le resulta fácil darse cuenta de que no le conviene la complicidad, porque el discurso que planta en las conciencias también implica represión sobre sí mismo. No puede ver que implica la negación de su parte femenina, de su parte emocional, sensible, flexible, fluída. Y no puede detectar que esa represión lo lleva a rechazar su propia femineidad en la mujer porque él mismo no se permite manifestarla. Porque no se le ha inculcado la importancia de sentir, sino sólo la de pensar, trabajar y “plantar semillas”.
  Por eso, la mayoría de los hombres cree que la reproducción (real=hijos o simbólica=trabajo/producción) lo realizará. Por eso luego de tener hijos y trabajo, generalmente se desinteresa por lo demás. Se jacta de haber cumplido con las exigencias básicas del matrimonio y deja de buscar. Por eso le crece la panza, porque hay sobre-alimentación, real o simbólica. Recibe demasiada energía maternal a través de su esposa, que se comporta como madre suplente, alimentándolo de todas las formas exigidas. Y por eso mismo es uno de los requisitos excluyentes cocinar bien para ser una “buena esposa”.  Y  el precio de serlo es muy alto, ya que como consecuencia, esa buena esposa termina con su plexo solar destrozado.

  El Plexo Solar es otro de los siete centros más importantes del sistema energético y se encuentra a la altura de la boca del estómago. Este centro simboliza, entre otras cosas, la unión madre/cordón umbilical/bebé y según el estado en que éste se encuentre, construye uno/a sus relaciones con el mundo, y viceversa. Una persona (hombre o mujer) que cede a su pareja más energía de la que puede gestionar para sí misma, se convierte en la fuente de energía del otro, satisfaciendo permanentemente la demanda energética del plexo solar ajeno y vaciando el suyo propio.
  Pero volviendo al hombre (que ya ha cumplido con las exigencias básicas del matrimonio), más tarde o más temprano vuelve a sentir la vocecita de la insatisfacción y se reproduce nuevamente o adopta un nuevo estilo de vida en el cual vive en busca de otras mujeres, o saltando de trabajo en trabajo, o tomando, o fumando, o violentando (lo femenino, generalmente) porque también culpa a su pareja (su madre simbólica) de su no-realización.
  El hombre violento culpa a la mujer de haberle hecho firmar un contrato que nunca en realidad deseó firmar y permanece en el mismo lugar emocional porque no tiene el valor de soltar a su mamá simbólica, de aceptar que no es el centro del mundo de su mujer, como lo era del mundo de su madre (o como necesitó serlo y nunca lo fue). Odia o rechaza a las mujeres porque depende energéticamente de ellas. Su madre, o su figura materna, no le ha enseñado a proveerse su propia energía porque le ha dado exclusividad dejando de ser mujer para darle incluso hasta lo que no necesitaba.
  Este hombre  no sabe hacer más que consumir y demandar la energía de una mujer que no hace más que ceder. Eso lo hace sentirse espiritualmente inferior, y el agravante explosivo es que siente que una de ellas lo condujo a un destino en el que se ve reducido a trabajar y poner semillas para hacerla feliz (incluso aunque no cumpla él con esos deberes,  la presión de la demanda femenina le pesa sobremanera). Sabe que es superior en fuerza física, e inferior en fuerza espiritual. La mujer es su droga, la odia y no puede vivir sin ella. Y antes de que la mujer descubra que puede dejar de ser su fuente de energía, él hace uso de su única arma. A veces hasta matarla, como quien tira sus cigarrillos al inodoro tras la falta de voluntad para dejar de fumarlos.
  El matrimonio condena al hombre a trabajar y a desear a su mujer para toda la vida. Está bien visto que tenga amigos, un asadito a cada tanto y que juegue al truco o haga algún deporte. Y aceptémoslo, su vida también se convierte en una “no búsqueda”. El concepto del matrimonio encierra la obligación de vivir como un ser realizado sin serlo, y sin buscar serlo. Porque en cuanto aparece la búsqueda, aparece la conciencia de que “no funciona”, de que no hay realización, y queremos evitar a toda costa esa verdad que nos hace responsables de nuestra propia felicidad. Y que no funcione es igual a pecado (en lo más profundo de nuestro inconsciente), es signo de faltar a la palabra que se dio a Dios en la Iglesia, aunque nunca en la vida hayamos pisado una y nuestra boda haya sido sólo un trámite civil. Porque el chip de la iglesia en nuestra conciencia es parte de nuestra cultura.

EL FEMINISMO
  El feminismo, en general, defiende a la mujer del machismo, pero no ayuda a los hombres a reconocerse también como víctimas del propio machismo. Sino que hace lo de siempre: demanda. Los condena, los acusa, los responsabiliza por el sufrimiento de la mujer, pero la real realidad es que el hombre es gestado siempre en una mujer. El hombre ha sido educado bajo la influencia femenina todo el tiempo, pero a la vez obligado a reprimirla. Si no asumimos que eso es la causa principal de los fuertes conflictos en el hombre, no resolveremos nada. Y seguiremos por décadas o siglos exigiéndole al hombre que se adapte a nuestras necesidades o adaptándonos a las suyas bajo la violencia de género.
  La mujer tiene la única llave del cambio. Nosotros somos la fuente de energía del machismo Nosotras los alimentamos, nosotras lo permitimos. Si todas las mujeres tomáramos conciencia de nuestro poder, las leyes serían secundarias. Sostengo que es tan efectivo a nivel individual y colectivo un Círculo de Mujeres como una protesta. Si todas las mujeres que marchamos, formáramos parte de un Círculo, el proceso sería más acelerado y más irreversible. Y viceversa. No sugiero con esto que prescindamos de las marchas y de las leyes, justamente las apoyo porque ayudan a la transición de un nivel de conciencia a otro. Pero es urgentemente necesario invertir en la transformación espiritual tanto como en la intelectual.   
  Es urgente un reconocimiento de la carencia espiritual a resolver y de las herramientas ancestrales que hemos estado obviando, por ignorancia o por soberbia intelectual. Necesitamos una evolución de la conciencia, un cese de proveeduría energética a lo que nos mata real o simbólicamente.  Es urgente lo importante, insisto. Todavía escucho a muchas madres diciéndoles a sus hijos que los niños no lloran ni usan pelo largo, que el rosa es para las nenas y que parecen maricones usando flores, o diciéndoles a sus hijas que la cocinita es mejor que el auto, que las princesas esperan al príncipe, inculcándoles la competencia de belleza con otras nenas, e incluso enseñándoles que los varones son malos.

LA AUTORREALIZACIÓN
  La mujer tiene la opción de autorrealizarse, y el hombre también. No está en manos del hombre realizar a la mujer. La mujer se realiza sola, desechando la necesidad de casarse, de necesitar a un hombre que la ame, la respete, la cuide y la proteja. Desechando la necesidad de ser madre para realizarse también, porque los hijos tampoco son responsables de la evolución de una. Si una mujer alcanza los treinta y cinco años de edad y las circunstancias no la llevaron a parir un hijo, puede parir ideas, proyectos, éxitos, relaciones enriquecedoras sin apego. Eso es amor, la mujer misma es amor, y siendo ella misma alcanza la plenitud. El resto es viejo, es sólo contrato, y ese contrato es una trampa para no realizarse, para des-responsabilizarse de uno mismo. Tanto hombres como mujeres.
  El hombre puede realizarse sólo, guiado por mujeres pero  sin convertirse en un hijo de ellas. Sin demandarles atención, sino relacionándose con ellas desde el desapego, desde la renuncia a la posesión y a su propio miedo a ella. Hay que educar para ello, asumiendo que ambos géneros somos tanto víctimas como victimarios, o bien que ninguno de los dos géneros somos ni víctimas ni victimarios. Porque no creo que la mujer deba recibir contención como víctima de machismo y el hombre no, si nosotras mismas, la conciencia que nos nuclea, se lo hemos inculcado.
  Sólo nuestro conocimiento-sabiduría puede enseñarle al hombre a despertar en su interior la energía que nos reconcilia con la madre tierra. Pero para eso, la mujer necesita pararse en otro lugar, de no demanda, de no expectativa ni proyección en el hombre, sino en un lugar que la aliste para reconstruir su fecundidad y su maternidad con amor verdadero. Que no es más que ese estado que nos convoca cada vez que renunciamos a una relación que no nos hace sentir realizados. El amor verdadero se pone de manifiesto cada vez que entramos en comunión con nuestra diosa interna de mano de la soledad misma, aceptándola como camino a la liberación y no temiéndola.
  Como dice Eckart Tolle: “Las relaciones son para hacernos conscientes, no felices”. Entonces sirvámonos de éstas para reconocer nuestras carencias, nuestros miedos y creencias y no para recostarnos sobre ellas esperando que la plenitud llegue sola. Establezcámoslas y soltémoslas cuando las circunstancias así lo requieran, sin miedo a la soledad o a la búsqueda de lo desconocido, respetando la conclusión de cada ciclo, agradeciendo lo vivido y enfocándonos en la necesidad espiritual de buscar hasta que ya no necesitemos hacerlo. Vivamos profundas no-relaciones que expandan nuestro ser.

  EL AMOR
  El amor no se remite a una persona, a un dominio, a la reproducción sexual, a una necesidad, a un contrato. El amor no necesita nada del otro más que el desapego para descubrirlo latente en uno. No hay que buscarlo en nadie porque es parte de nosotros, es a partir de nuestras necesidades. A mayor liviandad de deseos, mayor plenitud. Ser plenamente es amar, porque el amor es en sí mismo. Uno no ama a alguien, no ama algo, sino que ama, a secas. El amor no precisa sexo, el sexo no precisa amor, la reproducción no implica contrato ni éste favorece al amor. La realización no implica nada de lo anterior, sino que es el final de un camino de búsqueda.
  No se puede amar sin búsqueda, porque la búsqueda es el alimento del espíritu que quiere volver al origen. A ese lugar de totalidad donde no hay un vacío que llenar, un deseo que satisfacer, un algo que definir. El amor no tiene límites, ni los impone ni los conoce, porque donde hay amor las reglas sobran. Pero no lo hemos sabido porque la sabiduría ancestral ha sido tergiversada y manipulada por la iglesia para matar el amor y así poder gobernar. El concepto del matrimonio es el que nos ha llevado a extirparnos los úteros, nuestros centros de poder. Y nosotras hemos estado sosteniendo esto, dormidas. Es el momento de despertar y asumir que somos las verdaderas amas de la sabiduría, que es nuestra. La energía creadora nos corresponde. Tomémosla y enseñémosla como nos lo debemos.

Laura Mastellone


3 comentarios:

  1. Juan Adolfo Colombo30/5/15 10:09

    Laura, que mujer, que valiente que sos al decir esto. Coincido en todo, por supuesto, pero es tan lúcido, realista, duro e inteligente lo que decís, que me ha servido para organizar pensamientos dispersos en mi cabeza de tipo grande que aun siendo del siglo pasado, no se encuentra ubicado en ninguna corriente, ni de ahora ni del pasado. Muchos no van a aceptar tu postura, en todo o en parte, mas que todo las mujeres y hombres trogloditas que habemos muchos, pero te insto a seguir este camino. Se viene un libro en tu futuro, un libro rompecocos que será vilipendiado y denigrado por muchos y tomado como manual de vida por pocos, pero tenés que hacerlo: gente como vos hará cambiar el mundo. Gracias, te amo. Juan.

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    1. Juan, te agradezco profundamente cada palabra, cada sentimiento y toda la elevada energía que desde ellos has movido. Te regalo mi abrazo, te invito a compartir ideas y a crecer con ellas. Sos un amigo de mi alma, gracias eternas. Siempre.

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  2. ¿Nos damos cuenta que cuando más desvalidos estamos, y más miedo tenemos a la vida, es cuando más nos enamoramos de una persona, una idea, un plan, ya que así nos agarramos a ello para así poder soportar la angustia vital, el vacío existencial?
    ¿Existe tal cosa como el amor incondicional? Si el fin del matrimonio es la sanación del útero, eso quiere decir que hemos encontrado la libertad, donde el cuerpo tiene su propia inteligencia.

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