Calidad de obsoleto

  Viajando, pensé en la diferencia que encuentro entre dirigirme hacia un lugar desconocido (la partida) y dirigirme hacia un lugar conocido (el regreso). Mientras observaba el camino, tomé conciencia de que mi placer de viajar reside en la posibilidad de que los hechos escapen a mi previo conocimiento de ellos. Supe, en ese momento, que las relaciones me parecen disfrutables cuando no sé qué esperar del otro, siempre y cuando lo recibido me sorprende porque antes de eso me habitó la incertidumbre.

  La incertidumbre me permite abrirme ilimitadamente. Me mantiene siempre entusiasmada porque me permite creer que en cualquier momento el resultado puede serlo todo, incluso lo más elevado, lo mejor, lo más completo, lo más deseado. Y obviamente el resultado no siempre es todo, o lo más elevado, o lo más deseado. Pero mientras no hay repetición y existe la posibilidad de que lo mejor sea, disfruto y me dan ganas de apostarlo todo a ello. Mientras hay posibilidad del todo, deseo invertirlo todo. Esto es lo mismo que siento cuando viajo hacia un lugar desconocido, porque todo puede suceder. En el viaje a lo desconocido no hay límites. La posibilidad del todo está latente, viva, caliente.

  Cuando regreso al lugar conocido, a las personas conocidas, a las situaciones conocidas, lo hago sin perder mi optimismo, pero inevitablemente siento que las posibilidades de que ciertas cosas me sorprendan allí ya están limitadas por la experiencia de la repetición. Sin ponerle excesiva atención para no caer en la expectativa que limita más aún, lo dejo en manos de mi apertura al cambio y lo suelto.

  Y la verdad es que, afortunadamente, hay algunas cosas que escapan a mi deseo o a mi gusto y que permanecen exactamente iguales. Al acercarme a ellas, abierta una vez más a la sorpresa, y confirmar que el resultado es el de siempre: casi cansado, ya sabido, sin querer acostumbrado... me queda un sinsabor que me advierte sobre la necesidad de atención a mi espíritu, y me ayuda a discernir sobre lo que estoy acarreando a mi paso. Por suerte estas cosas, sin posibilidad de creación, me dejan la sensación de viejo, de pasado pesado, de obsoleto. Y digo por suerte porque, aunque entristecen a mi ego, son la herramienta indispensable para que yo pueda comprender, aceptar, avanzar y crecer. Seguramente luego me acerco a probar mi optimismo ante la situación algunas veces más, pero lo hago cada vez apostando menos si no percibo indicios de cambio.

  Es cierto, mi esencia se alimenta del cambio, de la transformación. No puedo nutrirme en lo obsoleto, en lo que perdió sabor, color y quedó anticuado frente a aquello que lo supera: el Todo. No disfruto entregarme a lo trunco, a lo limitado. A lo que tiene resultado sabido y se resiste a la posibilidad de innovación. No he aprendido a hacerlo. Quizá deba aprender a hacerlo. Quizá ya es tiempo. O quizá todavía no... 
  Hay cosas, a veces, que en mi mundo quedan obsoletas sólo por no portar permisos para serlo todo.

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