La palabra

  Dicen que del dicho al hecho hay un largo trecho. Y en ese trecho se juega la integridad. Antes de decir y hacer nada, hay un valor original en la palabra de cada uno, por no haber en un principio motivos para desacreditarla y porque está virgen la oportunidad de demostrar ese valor una vez que se hable.Todos esperamos que la coherencia se manifieste la primera que escuchamos al otro: creemos. Damos por segura la pronta demostración de lo que se nos ha expresado.

  Entonces, la palabra vale, por naturaleza.
  *Acompañarla con hechos hace que adquiera más valor que el que tenía en un principio. Y cada vez que la acompañamos, su valor se engrandece. Mientras más la acompañamos, más confiables somos para los demás y más íntegros, dignos, merecedores nos sentimos. Esto nos ayuda a construir relaciones fuertes.

  *No hacerlo no mantiene vigente el valor que poseía en un principio, sino que se lo quita. Cada vez que se dice y lo dicho no se "hace" (real), disminuye un poco más nuestra credibilidad, nuestra autoestima y por ende nuestra auto-confianza. Esto nos lleva a debilitar cada vez más las relaciones.
  *No emitirla cuando no se tiene la capacidad o el deseo de acompañarla con hechos, es sumamente coherente, es casi lo mismo que acompañarla con hechos. Mantiene el valor que tiene por naturaleza, ya que no se la desacredita y al mismo tiempo se deja evidencia de la responsabilidad e importancia que se da a la propia palabra, a la propia dignidad.
  Creo que el secreto para construir sanas relaciones está en ser, dentro de lo posible, coherentes. En la auto-observación constante, en el hábito de ser conscientes.Y en que si algunas veces (lógicas) no nos sale bien, sepamos hacer el esfuerzo necesario para recuperar el valor de la palabra que hemos perdido, acompañándola con hechos. El esfuerzo incesante, diario, de ser íntegros, coherentes, dignos de confianza, es proporcional al amor que podemos brindar a otros. Si no hay esfuerzo personal y constante de ser mejor, no se puede amar bien a otros, porque tampoco se cultiva el deseo de ayudarlos a ser mejores cada día. Como es adentro, es afuera. Entonces el mundo será tan bello como capaces seamos de relacionarnos desde el amor, pero el amor nace en uno. El amor al otro es inherente al amor propio.

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