Exponerse

  Cuando era adolescente, vivía al borde del peligro, constantemente y sin miedo. Pero aunque sufría mucho luego de cada dolor, nunca me acobardaba. Mi hermano, que generalmente andaba cerca y me consolaba cuando lloraba (siempre lloraba), me repetía: "A vos siempre te pasa lo mismo porque te exponés mucho, no tenés que darte a conocer tanto" o "sos muy vertiginosa para mi gusto". Jajaja. 

  Confieso que muchas veces sentí culpa de ser vertiginosa, de cambiar tanto, de ir y venir, de saltar, de llorar, de arriesgarme, de enojarme y putear a toda boca, de subirme al auto de alguien borracho, de manejar el auto del remisero con actitud de conductora experimentada, de tirarle la escalera naranja al piso a los de Edesal al pasar y salir corriendo, de pegarle o apagarle un cigarro en el brazo al que me tocó la cola, de tirarle el trago encima al chico que no me quería aunque yo lo quisiera, de vengarme del que estaba conmigo por lastimarme, de salir a bailar sola, de emborracharme y llorar en alguna escalera, de besar a un desconocido en medio de la pista del boliche aunque me vieran todos, de perderme en la calle, de caerme de la moto en medio del barro, de escaparme de la escuela nocturna para ir a caminar sin rumbo con mi amor hiper-hippie, de quemar el cuaderno de amonestaciones en el secundario, de enfrentarme a la directora porque me gritó y ser expulsada, de no volver de algún viaje y dejar a mis viejos con el corazón en la boca, de fumar mucho, de jugar con las expectativas de los "chicos malos", de reírme de los chicos buenos, etc...


  Tanto, que con los años años empecé a suprimirme a mí misma, buscando ser equilibrada, armoniosa, sabia, justa, amable, servicial, diplomática, digna de ser bien recibida. Inevitablemente, mucho de eso ya es parte de mí porque lo actué tanto que aprendí mucha teoría y la integré de a poco, pero sólo a veces. Yo lo sabía, sólo a veces era así. Y otras veces quería romper todo y ser la de antes. Claro, todos estaban felices con la nueva Laura, y yo no. Yo cada vez menos. Hasta que descubrí que necesito volver a ser libre.



  Va de nuevo. ME EXPONGO, ahora a conciencia. Vengo a generar vértigo, incomodidad, irritación, reflejos y les doy tema de charla para criticarse a sí mismos a través de mí. No tengo vergüenza, no tengo miedo que no pueda afrontar, no me importa errar, ni que ustedes, llenos de errores, opinen sobre lo villana o buena que soy según lo que hago o digo a cada momento.



  Y los que tienen la idea de que "exponerse es para sufrir" sepan que sí lo es. El que se cuida va a sufrir de todos modos, pero cada vez más. Porque el que el que no se anima a sufrir, no se anima a vivir. Sepan también que el dolor jamás acaba, pero el sufrimiento en cambio sí. El sufrimiento acaba cuando dejás de creer que debés cuidarte de ser, de los demás, y de expresarte. Y aunque el sufrir acaba, la vida sigue doliendo. Duele hasta el final, sin pausa. La vida duele siempre, hasta el tuétano, y podés ser feliz mientras duele, y tener paz mientras duele, y dar amor mientras duele. Y porque duele se ama, porque duele se viaja, porque duele se busca, porque duele se salta al vacío y se busca compañía



  YO NUNCA DEJARÉ DE EXPONERME, porque su juicio me hace crecer, me hace sufrir y luego recordar que no importan sus opiniones, sino mi libertad. Exponerse genera presión externa, a veces me sirvió para lograr objetivos (la presión que supone perder credulidad y coherencia si no cumplís la palabra empeñada) y otras veces me sirvió para demostrarme que puedo ser como se me cante a pesar de la desaprobación (la libertad al descubrir que seguís intacta tras la crítica), según el lugar mental en que me encontrara y la experiencia que necesitara atravesar.




  LA LIBERTAD ES INCÓMODA, inestabiliza, rompe, cuestiona, remueve todos los cimientos. Entro y salga todo el tiempo de ella, sufriendo o celebrando, pero me la cargo encima aunque me duela hasta el alma porque yo soy la que junta los pedacitos cada vez que hace falta. Es mía, la quiero y la tomo.

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