Mi miedo

  Hace cuatro días vivo en la ciudad más hermosa que he visitado. No es la más hermosa por su arquitectura (aunque es maravillosa), ni por su organización o ese tipo de cosas (vale decir que sus paisajes son magníficos), es la más hermosa porque nunca un desconocido osa decirte algo desagradable en la calle, ni te golpea con una mirada lasciva, ni te persigue en modo acosador. Es hermosa porque los conocidos y los desconocidos te saludan de forma sincera, con una sonrisa abierta… con el corazón. La primera vez que fui a comprar, me fiaron (por no tener cambio) como si me conocieran de toda la vida, porque no temen que no vuelvas a pagar, o no les importa. Es un lugar en el que me siento bien atendida, asistida y respetada.
  Teniendo claro todo eso, descubrí que es el lugar perfecto para trabajar el miedo. Mi miedo. Sabía desde hace tiempo que yo vendría a este lugar a sanar muchas cosas. Y el proceso empezó enseguida. Vivo en una cabañita preciosa que está ubicada en un barrio súpernatural: calles de tierra, terrenos campestres, poca luz, mucho silencio y está algo apartada de la parte urbana. Regresando del centro supe, la primera noche, que debía empezar por sanar el miedo, como si fuera poco. Anduve la tarde entera repartiendo currículos y me alcanzaron las ocho de la noche en la calle, lejos de casa. Me tocó transitar el hermoso camino que de día adoré y me pasé las cuadras recordando las frases de mi amigo asegurándome que “acá nunca pasa nada malo” y las veces que visité este lugar antes comprobándolo, porque sentí un poco de miedo.  
  Caí en la cuenta de que en mi ciudad natal el miedo está justificado (y sostenido por los propios habitantes) porque “pasan cosas”. Y en una ciudad en la que no pasa nada, esa noche no encontré excusas para sostener mi miedo, no me quedó más opción que reconocer mi laberinto mental arrastrándome a la puta certeza de que algo malo puede sucederme. Mi miedo iba disminuyendo a cada metro y me mantuve consciente de la situación hasta llegar a destino. La verdad es que no lo superé, simplemente lo bajé de nivel (quizá eso he hecho siempre en mi ciudad, creyendo que lo superaba). Y esos pasos conscientes en la oscuridad fueron el primer paso.
  Los dos días siguientes, no tuve necesidad ni oportunidad de andar de noche. Pero continué repartiendo mis currículos en las horas diurnas. La primera mañana de esos días, un perrito orejón que es de alguna de las personas que habita otra de las cabañas, me siguió. No quise correrlo, y al ratito me arrepentí. El perrito resultó ser un compañero bastante barullero. Los disturbios que generó con todos los perros habidos en el camino me intranquilizó demasiadas veces. Pude ser consciente de la manera en que se tensionaban mis músculos, mi mandíbula y mis manos, cada vez que una jauría se dirigía enfurecida hacia este perrito que insistía en mantenerse cerca de mí y que hacía caso omiso a mis intentos de correrlo. Nada deseaba más que el regreso del perrito a su hogar. La posibilidad de que los otros perros llevaran sus dientes a mis piernas o de que lastimaran al orejón y yo no me animara a defenderlo me aceleraba el corazón y me hacía transpirar instantáneamente.
  Claro que mis herramientas yóguicas siempre me han ayudado a salir airosa de esa situación (cada dos por tres me pasa esto) porque comienzo a decirme “respiro profundo, relajo el cuerpo, relajo los músculos, dejo de apretar los dientes, no pasa nada, actúo naturalmente, no se dan cuenta así de que venía con miedo… si no sienten mi miedo no van a atacarme, camino tranquila, relajo, no tengo miedo, no tengo miedo, no pasa nada, relax…”. Pero me alejo unos metros y tras notar cómo se afloja bruscamente mi cuerpo porque no están cerca ya, siento bronca, porque otra vez no logré evitar el miedo. Ese día y el siguiente “el orejón” se encargó de hacerme atravesar esa misma situación una y otra vez, sin descanso.  Hasta que fui bien consciente de todo esto que acabo de escribir. Curiosamente, hoy intentó seguirme, lo reté y me obedeció. Me miró como si ya hubiese terminado su trabajo conmigo. Tuve un día tranquilo…
  Pero llegó la noche y la hora de dirigirme a hablar con el dueño de un bar que me queda bastante alejado. Esta vez no eran las ocho. Eran las once y evidentemente el tramo a sobrellevar con el miedo en mi espalda no parecía negociable para mi tolerancia. Me bañé a las diez y aún a las once y cuarto no podía tomar la decisión definitiva de salir rumbo al bar. Salí afuera de la cabaña, observé la noche, la bruma, y no pude disfrazarme de decidida. Volví a entrar, pensé varias veces más qué hacer y rememoré todo lo que sabía del lugar, que no pasa nada, que puedo andar tranquila, también que atraigo lo que temo y que si no ando con miedo no atraigo nada malo, etc. No podía salir a pesar de todo, y me di cuenta de que el miedo no es un pensamiento. Es una emoción que ha cambiado mis pensamientos, una emoción que ha tomado fuerza bajo la creencia de que algo malo puede pasarme.
  Quedé atrapada en la duda de salir o de quedarme, discutiendo conmigo misma sobre las probabilidades de ser abusada de algún modo y las de perderme una linda noche por inseguridad. En el instante en que me observé acorralada por mí misma, aterrada hasta por la idea de sentir mi miedo por ahí, supe que éste estaba limitando mi “nueva vida”, que nunca sería nueva sino la misma de siempre si no me resuelvo de una vez. Entonces, comencé a llorar sin consuelo. Llorando, tomé conciencia de lo que reforzó esta limitación en mi vida, y metafóricamente hablando… Mi corazón se ha debilitado porque lo mantuve durante mucho tiempo en la tensión de no mostrar miedo frente a un perro furioso que finalmente percibió mi miedo y me mordió en las piernas. No culpo a nadie, ni a mí misma. Me encantan los perros, y me asustaba que me ladraran porque pasaba por las que creen sus casas con un perrito inquieto que los hace sentirse amenazados. Me asumo responsable del amor y del dolor que siento, de la tristeza que me habita y que saldrá de mí. Siento mucho dolor, sin embargo ya no sufriré. Por esto, el perrito orejón (mi inconsciente) supo antes que yo que ya no me seguirá para exponerme a la misma situación.
  La siesta de hoy la pasé riendo, viendo una serie en internet. Y en la tarde, quien me hospeda me dijo: “Te escuché reír. Me dormí con tu risa”. Esta noche lloré mucho y el día ha sido equilibrado en esta alma. Nadie me escuchó llorar, pero yo estoy conmigo, viéndome y sanándome. Diciéndome, tranquila: Se acabó eso de intentar convencerte de que “esto también pasará”, entendiste que “ESTO NUNCA MÁS TE PASARÁ”. 

Escuchar canción: Higher Ground

No hay comentarios.:

Publicar un comentario