Eligiendo conscientemente a mi ánimus


  ¿Qué estás pensando, Laura? Facebook indaga, curioso, buscando meterse en los laberintos de mi poderosa mente. Lo de todos los días. Y aunque parece una simple pregunta, hoy es inmensa. 
  Pensaba en las veces que me dije "Oh, quiero pensar en alguien", en momentos de no tener alguna relación del tipo amorosa. Justamente, éste es uno de esos momentos. Y antes de volver a tener ese viejo deseo, percibo lo que tanto leo últimamente, que las alineaciones planetarias que ahora experimentamos son nuevas para esta generación de seres humanos, ya que nunca antes las hemos vivido. Por lo tanto, las ideas, los sentimientos, los pensamientos, no son los habituales. Todo es nuevo, la energía es desconocida y andamos todos improvisando sobre terrenos inadivinables (lo cual adoro). Y sí, algo ha cambiado en la mente universal y en la mía (que es fractal de la primera), ya no tengo el deseo de pensar en alguien, porque siempre he pensado en alguien, y he pensado mucho. He estado pidiendo el deseo equivocado toda mi vida. He atraído, construido y sostenido relaciones puramente intelectuales, llenas de mente. Siempre se han tratado de un desgastante desafío mental, que lógicamente es producto de la relación exigentemente intelectual que tuve con mi padre. No tienen idea de lo liberador que es descubrir semejante cosa. (Chau, papá.) 
  Me vino el recuerdo de un exnovio que empezó diciendome "me encanta ese equilibrio que hay en vos, entre lo emocional y lo intelectual" y terminó diciéndome "odio que seas tan inteligente". Evidencia de que no éramos compañeros, sino contrincantes. Con este deseo de querer pensar en alguien he atraido a una larga lista de hombres con niveles intelectuales altísimos (hay alguna excepción, claro) que he terminado dejando en el camino por agotamiento mental. No he construido relaciones de disfrute, siempre han sido estresantes, de defensa, de cuidado, de competencia, de alerta, y siempre he sido una amenaza en vez de un complemento. Han sido relaciones de amor/odio, en las que el amor significaba poder dominar mi mente y el odio surgía de no poder conseguirlo, llegando hasta la violencia. Relaciones que he dejado cuando el otro ha estado ya tan metido en mi cabeza, ocupando cada rincón, que he necesitado desesperadamente no pensar más en él para poder pensar en mí. Cuando me he sentido completamente anulada e invadida. Es por ésto que nunca pude sentirme plena estando en pareja y finalmente he pateado todos y cada uno de los tableros. Algunas veces me dije: "Laura, no podés andar por la vida dejándolos a todos", con muchísima culpa pero sin poder seguir de ningún modo.

Y  a no quiero pensar en alguien. No quiero dejar que me lleve la corriente de dinámicas que hoy sé reconocer claramente, como evaluar el pensamiento del otro, sus ideas, y dejar que lo haga conmigo tiempo completo. No quiero que alguien esté todo el día en mi cabeza, consumiendo la energía de mi mente. No quiero obstinados debates, ni especulaciones o estrategias que midan cuánto sabe cada uno. Nadie es más sabio que el sabe amar y ser amado. No necesito ni deseo competir, no busco ni quiero ser aprobada intelectualmente. No quiero volver a atraer hombres que me pongan a prueba cada día para sentir menos miedo de mí, para tenerme bajo control. No quiero acostumbrarme al hábito enfermizo (muy de las nuevas tecnologías) de saber todo el tiempo lo que hace el otro y viceversa, y que al momento de vernos no haya de qué hablar, ni ganas de escucharnos, de tocarnos, de mirarnos. No quiero pensar en alguien que no tenga tiempo para sentirme, sentirse y sentirnos. Quiero atraer a un hombre que se descalze para sentir como vibra y brama la tierra, que también soy yo. Por menos de eso, no me comparto.

  Quiero sentir a alguien. Quiero sentir más, y extiendo este deseo a todos mis vínculos. Éste es el deseo que siempre debí pedir, y viene del corazón. Allá va... 


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