Estar viva

  Cuando mi hija murió, yo odiaba al mundo entero, con cada uno de sus seres y detalles. Lo odiaba porque seguía funcionando, cuando yo sentía que todo debía morirse con ella, yo y mis diecisiete años incluidos. Odiaba las sonrisas, las sorpresas, las celebraciones, las mañanas de mierda que me despertaban cada día de mierda. No tenía alma, no tenía vida, no tenía ganas. Odiaba que la tierra siguiera su curso, cuando yo no podía retroceder el de mi tiempo, para darle a Miranda más de mi amor, ése que no había sido suficiente para que se quedara conmigo. 
  A veces, sentía que mi embarazo, su nacimiento y sus días, sólo habian sido uno de esos sueños que parecen reales y que sólo había despertado de él. Pero cuando entraba a aquella casa en la que mi cuerpo actuaba como un robot, y veía su ropa, sus pañales, sufría el desengaño. Ese corazón casi muerto que llevaba tras los pechos llenos de leche comenzaba a rasguñarme desde adentro intentando salirse de mí. Y yo sólo quería que saliera, que se fuera, que me dejara sin motor automático. Quería que todos me dejaran, que el mundo me dejara, que todos se murieran, que la tierra se partiera y todo se esfumara. Si el mundo podía vivir sin ella, no podía ser ése mi mundo. Yo no podía encontrar la manera de querer seguir, ya nada más me importaba. Nada era soportable. Todo estaba muerto y sin enterrar. 
Pasé algunos meses abstraída, programada para mis funciones básicas, y cuando volví, pasé algunos años tomando mucho alcohol los fines de semana, ahogada en un llanto inacabable. El corazón casi muerto seguía rasguñándome desde adentro, desesperado, como si me lo hubiesen enterrado vivo en el torso. Durante esa experiencia, descubrí que nunca antes había sentido el tope del dolor. 
  De ese tope empecé a bajar con los años. Fue gracias a un sueño en el que mi hija, nítida y serena, me dijo: "Por favor, dejá de sufrir por mí, que si no me soltás no puedo seguir. Quedate tranquila, que yo estoy bien". Me sacudió ese mensaje suyo. Me sentí la persona más egoísta que había sobre el planeta. Me despertó. Supe que había pasado muchísimo tiempo pensando sólo en mí, en mi necesidad, en mi carencia. Me sorprendí de mí misma, fue un cachetazo que hizo que mi corazón dejara de rasguñarme desde adentro y empezara a trabajar con humildad. La dejé ir sumamente agradecida y a los diez años de su partida, me sentí viva de nuevo, pero sobre todo, digna del amor de mi hijo Genaro (quien nació a mis diecinueve años). 
  Luego, murieron mi padre y mi madre, y despedirlos fue un real honor. La muerte ahora me parece una transformación maravillosa, un puente digno de gratitud, una consagración a la que se llega por mérito. A la muerte hay que merecerla. Hay que cargarse la vida encima y caminar hasta que aquella diga basta. Quien la gana ya lo ha tenido todo, tanto que ha dejado de precisarlo por completo. 
  Ya no vivo muerta, me siento lo suficientemente viva para querer lo mejor para mí y pienso vivir todo lo que pueda. Vivo del modo que elijo para merecer mi muerte, y cuando esa sacerdotisa me nombre, abrazaré al mundo entero. 

Nada podemos perder, todo podemos elegir. Todo es para todos, pero de nadie.

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