Los ojos de la lechuza

  Me ahogué otra vez ¡Lloré en mi bicicleta, en la que siempre canto y me río de mí, en la que cierro los ojos para la comunión de la brisa con mi piel cuando alcanzo cierta velocidad! Nunca había llorado subida a una de esas cosas preciosas con dos ruedas que me hacen tan feliz…
  Este atardecer, pasé por el campito perfumado (por no sé qué planta salvaje) que aprecio cada vez que regreso a casa, y estaban las lechuzas de siempre. Se posan, soberbias, sobre las puntas de los palos que cercan el terreno baldío y se vuelan cuando alguien pasa, recordándonos lo poco fiables que somos los humanos para la naturaleza. Me gusta pensar que son esfinges en el camino evolutivo de mi ser, eso parecen. Desear que no tomen vuelo cuando me acerco es un hábito al que nunca he considerado renunciar. Hoy tampoco. Vi la primera y la seguí con la mirada repitiendo mentalmente, sin parar, “notevayasnotevayasnotevayas…”, y se fue. Ya estoy acostumbrada a dejarlas ir, agradecida. 
  Mientras bendecía mis retinas la sabida retirada, mi trayecto visual se vio interrumpido por otra lechuza que estaba más cerca, sobre la punta de otro de los palos, completamente inmóvil ¡Qué dicha para esta simple humana que tantas veces había anhelado ese contacto! Evidentemente no tenía intenciones de marcharse, aunque las posibilidades de que lo hiciera seguían siendo muchas. Entonces, recordé que mi mente es la co-creadora de mi realidad y que si me enfocaba en considerar otras opciones, iba a abrir camino a otros posibles resultados. Así es que mandé mi intelecto y sus infinitos análisis a alguna sala silenciosa de mi conciencia y miré directo a los ojos de la criatura, sin dudarlo, para no desperdiciar un sólo segundo de la poquísima duración que seguramente tendría ese momento. 

  El recuerdo de aquella meditación en casa de Mita hacía semanas, en la que encontré una lechuza blanca como animal personal de poder, sumado a la profunda tristeza que había estado transitando hoy, me llevaron a transmitirle un sólo mensaje: “Ayudame…”. Se lo dije por dentro, desde muy adentro de mi corazón, con una desesperación que me venía reservando para no preocupar, sintiéndome contenida por la magia de esos esféricos ojos que abrían portales hacia mí misma. El bicho, hermoso, giró su cabeza hacia la derecha a una velocidad increíble y la volvió hacia el frente, dirigiendo sus ojazos hacia mí otra vez. Continuó sin moverse de su lugar, observándome sin distracción. Yo me alejaba en el rodado muy lentamente y ella rotaba su cabeza sin cortar nuestra conexión visual, hasta que decidí revisar hacia dónde estaba pedaleando y me brotaron las lágrimas. Sentí esas gotas mías abriéndose camino bajo mis ojos y la brisa encausando su destino, refrescando las húmedas líneas en mi cara. Emoción, conmoción, gratitud. Todo eso lloré sobre la bicicleta. 
  En pocos minutos, llegué a casa y me senté a escribir lo que saliera de mi cabeza, para desenredarme, para separar los pensamientos de las emociones y develar el sentimiento. El impacto de aquel contacto visual había activado un volcán en mi interior. Comencé a apuntar cosas como:
  No puedo salir…
  Me falta fuerza…
  No sé qué debo hacer…
  Me detuve con curiosidad y me leí, sorprendida ante la lista inconsciente de “no” que estaba plasmando. Recordé a Anita diciéndome: “Abrite al gran Sí de la vida”, que es aceptar que lo que es, es como es, ya que al experienciarlo desde un lugar de aceptación sí puede ser transformado. Ningún adicto supera la adicción sin antes aceptar que la tiene, por ejemplo. ¡Fue tan oportuno recuerdo (siempre lo es)! Tomé consciencia, estaba vibrando carencia, girando sin parar alrededor de lo que no es. Por supuesto, comencé a transformar mis expresiones sin alterar el contenido:
  Permanezco aquí (ya no es un problema no poder salir)
  Contemplo mi debilidad (ya no es un problema no tener fuerza)
  Puedo elegir (ya no es un problema no saber qué hacer)…
  Y seguí, seguí hasta que el hilo de afirmaciones me sacó de donde antes no podía salir. La mente es un laberinto en el que, tras perder la conciencia de dos de tus pasos, resulta muy fácil desviarse y muy difícil reconocer dónde era que estabas y hacia dónde era que te dirigías. Terminé trascendiendo la tristeza y decidiendo que haré lo que surja (caminar), sin preocuparme por el “qué (adónde quiero/puedo llegar)” que se esclarece en cuanto me ocupo del “cómo” (desde dónde quiero/elijo salir). La materia prima de la creación es la abundancia, no la carencia.

  03:33 a.m.






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