“Si no me das lo que quiero, no te amo más”: La indiferencia es violencia



  Responder ante una actitud inocente del otro con indiferencia, es una actitud esencialmente agresiva. Mi madre y yo nos relacionábamos así. Comenzó todo con mis más tempranas elecciones, en las que ella no supo acompañarme. No tenía el hábito de explicarme qué opciones tenía o qué prefería o consideraba ella que su hija debía elegir. En vez de eso, me castigaba con silencios y miradas de desprecio que yo sentía como látigos en mi pecho. Aunque me retractara, no me perdonaba el hecho de no haberla complacido. Tras esas devoluciones, me sumía en la angustiosa culpa y dedicaba horas, días y, finalmente, unos treinta años a tratar de adivinar qué era lo que ella realmente quería, qué había hecho yo tan malo para merecer semejante desamor. Sólo cuando necesitaba nuevamente algo de mí, dejaba de fingir que yo no existía. Así fueron moldeadas mi autoestima, mi personalidad, y la estructura del resto de mis relaciones. He dedicado mi vida a empatizar hasta sangrar, a descubrir por medio de malabares, experimentos y todo tipo de suposiciones qué quiere el otro, para no recibir el doloroso castigo de su indiferencia. Efectos inevitables en los hijos de una persona narcisista. Una dinámica relacional digna de manipulación, abuso y desigualdad. Una relación de amo y esclavo en la que no aprendí a discernir lo que quería para mí, sino a complacer.
  Mi madre hacía uso de mis servicios emocionales y energéticos para todo lo que puedan imaginar. Yo peleaba en contra del mundo entero para defenderla, desconociendo miles de cosas que ella había hecho para generar todas las acusaciones que recibía. Para mí ella era mi mundo, era lo más puro que había y no podían existir razones para no quererla. Si alguien las tenía, yo estaba lista para convencerlos de su equivocación. Pero en realidad, si mi madre hubiese usado todo el potencial que tenía para destruir, en construir lo que la hiciera feliz, yo no existiría. Inocentemente, defendía lo indefendible. 
  Yo limpiaba, acomodaba, hacía mandados, trámites. Casi siempre llevaba y buscaba a mis hermanos de fútbol, de la escuela y de donde estuvieran, hablaba con sus maestras, con sus profesores e iba a todas las reuniones. No recuerdo la última vez que ella me inscribió en la escuela, ya que en los últimos años lo hacía yo misma. Sí recuerdo haber entrado en un acto del día de la madre a cantar una canción para ella, y haber esperado en vano que llegara para apreciarla. No comprendía porqué no conseguía su amor, si yo siempre era el mejor promedio, entraba en todos los actos escolares, tenía asistencia perfecta a mis actividades, la ayudaba en la casa, lavaba mi ropa, estudiaba sola, le escribía muchas cartas, cuidaba a mis hermanos, y odiaba a mi padre (y a quien fuera su obstáculo) tanto como ella pretendía para que no se sintiera traicionada. Yo era el perrito que caminaba junto a ella ladrando a quien osara perjudicarla, y nunca era suficiente. Dar, dar, dar, hacer, hacer, hacer… Le entregaba toda mi energía masculina (acción, protección, providencia) a cambio de una gota de energía femenina (amor, guía, alimento) a cambio. 
  Ella cocinaba siempre de mala gana o yo debía hacerlo, no iba a mis actos porque “le hacían mal”, nos golpeaba (a mí y a mis hermanos) mucho en sus ataques de incontenible ira, gritaba todo el día quejándose de todo y tirando indirectas o insultando mientras golpeaba las cosas a su paso, hablaba muy mal de todas las personas que no satisfacían sus deseos. Pero cuando ella me contaba alguna experiencia dolorosa de su pasado, yo pasaba horas enteras en mi habitación llorando su dolor. El sólo hecho de imaginarla sufriendo era para mí el dolor más grande del mundo. Asi que no se me ocurría dejar de intentar satisfacerla, yo quería que olvidara todo su dolor. Aunque fuera muy niña, yo sentía que todas sus manifestaciones eran hijas del dolor. Soportaba mucho eso porque era la única forma de dar algo que ella tenía, pero cuando me agotaba, me acercaba a mi padre (al que debía odiar) y al regresar de compartir con él, recibía durante tiempos tortuosos, los habituales castigos: indiferencia, desprecio, desamor. 


  Mi padre era adicto al trabajo y pocas veces dormía en casa, seguramente era su forma de escaparse de mi madre. Su casi permanente estadía en la panadería era mi beneficio a la hora de correr y aislarme para respirar. Mi padre era sumamente exigente, lo que yo hiciera nunca era suficiente. Mis iniciativas nunca eran viables para él, no les veía la posibilidad de éxito. Y nada de lo que otro hiciera podía hacerlo mejor que él, es algo que se encargó de hacernos sentir a todos. Su frustración era tan inmensa, que no podía tener esperanzas de que alguno de sus hijos pudiera conocer un camino de éxito. Pero al mismo tiempo, a veces quería cambiar el mundo. Alternaba permanentemente entre la utopía y la frustración. A veces me exigía de forma brusca que dejara de pensar sandeces y saliera con mi lanza a cazar injusticias y otras desvalorizaba mis más inspirados pasos. Cuando no sucedían estas cosas, trabajaba. Y esas cosas eran la esencia del 10% de mi vínculo con él. El otro 90% no existía, porque él trabajaba. Mi padre no supo nunca los segundos nombres nuestros, ni nuestras fechas de cumpleaños, ni el grado al que pertenecíamos en la escuela, y a veces confundía nuestros nombres y perfiles. Tampoco nos escuchaba, pero hablaba hasta el hartazgo. Nunca me dio la razón en nada. Jamás. Y cuando yo solía buscar complicidad con él frente a los actos de mi madre, el me decía: “entiéndanla a su madre, ha sufrido mucho, la han golpeado mucho de chica”. Pero a él también lo habían golpeado mucho, también había sufrido mucho y todo eso. No podía encontrar la lógica de lo que sucedía a mi alrededor. Llegada mi adolescencia, me permití la rebeldía y desde entonces comencé a romper lo insoportable de todas las formas que tenía a mano. Algunas cosas empezaron a cambiar muy lentamente. 
  Ahora sé que mi madre se comportaba como una persona narcisista, aunque a veces hacía el intento de dar algo con autenticidad y lo lograba (tengo mi lista de cosas hermosas para recordarla). Y sé que mi padre estaba muerto en vida la mayor parte del tiempo, aunque a veces sus sueños se activaban desesperadamente (siempre he admirado sus ideales). Los honro a ambos, que ya no están conmigo. Porque gracias a mi madre desarrollé tanto la empatía y gracias a mi padre la autosuperación. El lado negativo de mi relación con ellos es que el sentimiento constante de insatisfacción, ha causado en mí un trastorno de ansiedad que me ha llevado a adquirir hábitos adictivos, en distintos momentos de mi vida. Tengo una mente adicta que he tapado ocasionalmente con información, con alcohol, con exigencia, con Yoga, con Reiki, con sexo, con actividades, con nicotina, mordiendo mis uñas, con comida y con relaciones tóxicas. Éstas últimas han sido mi mayor fuente de aprendizaje. He caído más de una vez en relaciones violentas y en brazos de asombrosos piscópatas narcisistas. He pasado mi vida buscando a mi madre, y sobreviviendo a encontrarla. 
  Estoy a días de cumplir mis 33 años, la edad que tenía mi madre cuando yo llegué al mundo. He trabajado mucho en mí este tiempo (intensivamente desde los 27 años), cruzando innumerables infiernos internos. Salud por todo el fuego. Renuncio oficial y rotundamente a la adicción. Nazco de nuevo, pero a consciencia. Ya no tengo ni preciso padres para conocer este nuevo mundo que construiré. Esto es parirme a mí misma. Soy mi energía masculina y mi energía femenina, fluidas e inagotables. Ya no necesito satisfacer a nadie, soy suficiente para mí misma. Ya no me compartiré con personas que se relacionen a través de extorsiones, castigos, manipulación, ni demandas. No respondo a nadie lo que desea escuchar, ni doy a quien no sabe recibir. No doy segundas oportunidades a nadie más que a mi hijo, mientras se aprende a sí mismo. Todas las demás, las conservo para mí, para mi proceso interno de sanación.


No hay comentarios.:

Publicar un comentario